Estados Unidos sumó un nuevo capítulo de tensión política tras la renuncia de Joseph Kent, quien hasta ahora encabezaba el Centro Nacional de Contraterrorismo. Kent dimitió en señal de protesta contra la ofensiva hacia Irán promovida por la gestión del presidente Donald Trump.
“Irán no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación”, afirmó Kent en un posteo en su perfil oficial de X, implicando directamente que la justificación del gobierno era falsa o exagerada, y agregando: “Está claro que iniciamos esta guerra a causa de la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense”.
Esta sería la primera renuncia pública de un alto funcionario vinculada a este conflicto y deja al descubierto fisuras dentro de la Casa Blanca y del propio movimiento republicano, una división que podría reconfigurar el debate político en Washington.
Kent también advirtió que “no puedo, en conciencia, apoyar la guerra que se libra en Irán”, subrayando su negativa a apoyar el envío de jóvenes americanos a “luchar y morir en una guerra que no beneficia al pueblo estadounidense”.
Tal como indicó el representante del Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM), capitán de navío Tim Hawkins, a la revista Time el 17 de marzo, el número total de combatientes difuntos asciende a al menos 15 y alrededor de 200 lesionados, incluyendo bajas no relacionadas directamente con el combate.
Tres semanas después del inicio del conflicto, el costo humano le dio la razón. En sintonía con cifras de la Cruz Roja, más de 1.000 personas murieron en los primeros días. El Ministerio de Salud de Irán reportó 18.551 heridos. La agencia de la Organización de las Naciones Unidas, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), estima hasta 3.2 millones de desplazados internos dentro de Irán. De igual modo, el fondo de la ONU para la infancia, UNICEF, alerta que en los primeros diez días más de 1.100 niños han resultado ser víctimas fatales o afectados.
La reacción del mandamás norteamericano no fue la de un líder político que lamenta perder a un colaborador. Fue la de alguien que celebró la salida. Desde el Despacho Oval, Trump dijo a los periodistas: “Siempre pensé que era un buen tipo, pero siempre pensé que era débil en materia de seguridad. Muy débil”.
Añadió que, al leer la nota de su retiro, “me di cuenta de que es algo bueno que se haya ido”.
La portavoz, Karoline Leavitt, fue aún más agresiva en sus declaraciones. Publicó un extenso comunicado en X calificando de “insultante y ridícula” la acusación de que Trump actuó bajo influencia israelí, y afirmando que el gobernante contaba con “pruebas sólidas y convincentes” de que Irán planeaba atacar primero a Estados Unidos.
Paralelamente, medios cercanos al oficialismo como Fox News circularon la versión de que Kent era “un conocido filtrador de información” que había sido excluido de las sesiones de inteligencia presidenciales hacía meses, y que la directora de inteligencia nacional, Tulsi Gabbard, ya planeaba despedirlo antes de que él renunciara.
El jefe antiterrorista y la fractura dentro del MAGA
Lejos de ser un hombre de escritorio, Kent es una figura de peso dentro de la política estadounidense. Su trayectoria incluye 20 años en las Fuerzas Especiales del Ejército, 11 despliegues de combate como Boina Verde y trabajo posterior en la CIA.
Su historia personal agrega una capa de gravedad a su postura. En 2019, su esposa —criptóloga de la Marina— murió en un atentado terrorista en Siria. Es alguien que conoce la guerra desde adentro y que ha pagado un precio personal por ella.
Fue confirmado en su cargo en julio de 2025 con una votación de 52 a 44 en el Senado, y era considerado uno de los mejores cuadros técnicos de la conducción gubernamental. Su cercanía con Tucker Carlson, uno de los arquitectos mediáticos del movimiento “Make America Great Again” (MAGA).
Carlson, el influyente comunicador que fue pieza clave en la construcción del fenómeno Trump, calificó la guerra de “absolutamente repugnante y perversa” y elogió a Kent como “el hombre más valiente que conozco”. Trump respondió echándolo del movimiento: “Tucker no es MAGA. Tucker realmente no es lo suficientemente inteligente como para entenderlo”.
Marjorie Taylor Greene, exaliada incondicional de Trump, también expresó con furia su negativa a los bombardeos, especialmente tras el ataque a una escuela de niñas iraní. El congresista republicano Thomas Massie destacó que atacar Irán “no hará desaparecer los archivos de Epstein”, mezclando la postura antibelicista con el escándalo por las vinculaciones de Trump con el magnate pedófilo Jeffrey Epstein.
Asimismo, importantes consultoras y medios estadounidenses registran un clima social predominantemente adverso a la ofensiva, atravesado por dudas sobre la racionalidad estratégica de la intervención, el riesgo de escalada y sus efectos económicos: Más del 50% de los votantes rechaza la guerra con Irán y abre un frente interno para Trump.
Este quiebre tiene una lógica ideológica clara. El lado que más plantea que USA debe priorizar sus propios intereses nacionales por encima de los compromisos internacionales, propio del republicanismo, que Trump mismo construyó en 2016 con la promesa de no meterse en guerras del Medio Oriente, choca ahora frontalmente con la decisión de lanzar una nueva batalla en esa misma región, en lo que muchos de sus propios seguidores ven como una contradicción con los valores fundacionales de su gobierno.