Más del 50% de los votantes rechaza la guerra con Irán y abre un frente interno para Trump

Importantes consultoras y medios estadounidenses registran un clima social predominantemente adverso a la ofensiva, atravesado por dudas sobre la racionalidad estratégica de la intervención, el riesgo de escalada y sus efectos económicos.
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Encuestas difundidas en Estados Unidos desde el comienzo de la ofensiva contra Irán configuran un escenario problemático para Donald Trump.

En lugar de producir un alineamiento automático detrás de la Casa Blanca, la intervención activó una reacción pública más bien cautelosa, cuando no abiertamente adversa, en la que convergen tres dimensiones centrales: la insuficiente legitimación política de los ataques, la percepción de que el conflicto puede derivar en una escalada prolongada y la preocupación por sus costos materiales sobre la vida cotidiana de los estadounidenses.

El primer dato estructurante es que la desaprobación supera al apoyo. La encuesta de Quinnipiac ofrece la cifra más nítida en ese sentido: el 53% de los votantes registrados desaprueba la acción militar de Estados Unidos contra Irán, frente al 40% que la aprueba. Pero ese dato adquiere mayor densidad cuando se observan sus derivaciones. El 74% rechaza el envío de tropas terrestres y el 55% no cree que Irán haya representado una amenaza militar inminente antes de la ofensiva.

– ¿Aprueba o desaprueba la forma en que Donald Trump está desempeñando su cargo como presidente?
– ¿Aprueba o desaprueba la forma en que Donald Trump está desempeñando su cargo como presidente? COMBINADO CON: (Si aprueba/desaprueba q1) ¿Aprueba/desaprueba de forma firme o moderada?

La medición de Ipsos, realizada entre el 6 y el 9 de marzo, refuerza esa lectura. Allí, el 43% desaprueba los ataques, el 29% los aprueba y el 26% permanece indeciso. Más allá de la ventaja del rechazo sobre el apoyo, hay un elemento particularmente revelador en ese bloque de datos: la magnitud del segmento que todavía no adopta una posición firme. Lejos de ser un dato marginal, ese porcentaje puede ser leído como un indicador de fragilidad narrativa por parte del gobierno. Si una intervención militar ya en curso no logra ordenar rápidamente las percepciones públicas a su favor, eso suele revelar no solo escepticismo social, sino también una dificultad oficial para estabilizar el sentido político de la operación.

– En términos generales, ¿aprueba o desaprueba los ataques militares de Estados Unidos contra Irán?

Ipsos vuelve sobre ese punto de manera explícita. Solo el 33% afirma que Trump explicó claramente los objetivos de la intervención, mientras que el 64% sostiene lo contrario. Ese desacople entre acción militar y claridad política es decisivo. En escenarios de guerra, la legitimidad pública no depende exclusivamente de la identificación de una amenaza, sino de la capacidad del poder ejecutivo para traducir el uso de la fuerza en una narrativa estratégica coherente: por qué se actúa, para lograr qué, con qué límites y bajo qué criterio de salida. Cuando esa secuencia no resulta inteligible, la intervención tiende a ser percibida como improvisada, excesiva o potencialmente abierta a una deriva indeterminada.

Ipsos, además, agrega una capa especialmente sensible para la Casa Blanca. El 42% opina que las acciones estadounidenses empeorarán la seguridad del país a largo plazo, frente al 29% que cree que la mejorarán. A eso se suma un nivel muy alto de inquietud por los costos y los riesgos de la intervención: el 73% expresa preocupación por su impacto financiero y el 86% manifiesta preocupación por los riesgos que corre el personal militar estadounidense.

– A largo plazo, ¿cree que la acción militar de Estados Unidos en Irán…? Mejorará la seguridad de Estados Unidos / Empeorará la seguridad de Estados Unidos / No tendrá mucho impacto en ningún sentido / No responde

El sondeo de CNN profundiza todavía más esa línea interpretativa. En esa encuesta, el 59% de los estadounidenses desaprueba la decisión de atacar Irán y el 41% la aprueba. A su vez, el 60% considera que Trump no tiene un plan claro para manejar la situación, el 62% cree que debería requerir autorización del Congreso para nuevas acciones militares y el 60% rechaza el envío de tropas terrestres. Estos datos exponen preocupación institucional respecto al modo en que se administra el conflicto.

La discusión, por lo tanto, remite además a la cuestión de la conducción política, la legalidad de la escalada y los límites del presidencialismo en un contexto bélico.

– ¿Cómo evalúa la decisión de Estados Unidos de tomar acción militar en Irán? / Esta acción militar hará que Irán sea: / ¿Trump tiene un plan claro para manejar la situación con Irán?

El relevamiento de Fox News introduce una variación importante, aunque no invalida la tendencia general. La opinión aparece dividida en partes iguales: 50% aprueba y 50% desaprueba la acción militar. Sin embargo, incluso dentro de ese estudio, persiste una señal de alerta para la Casa Blanca: el 51% considera que la gestión de Trump frente a Irán volvió a Estados Unidos menos seguro, mientras que solo el 29% cree que lo hizo más seguro. Esto indica que aun cuando el respaldo al ataque alcance niveles relativamente competitivos, la evaluación sobre sus efectos estratégicos sigue siendo predominantemente crítica. En otros términos, incluso en el sondeo menos adverso para el oficialismo norteamericano, la intervención no logra consolidarse como una acción percibida mayoritariamente en clave de fortalecimiento nacional.

Fox News Poll: Views are divided on US action against Iran

Iran military action divides voters 50-50 despite 61% viewing Iran as national security threat, new Fox News poll finds after Operation Epic Fury strikes began Saturday.

– Encuesta de Fox News: Las opiniones están divididas sobre la acción de Estados Unidos contra Irán

Al mismo tiempo, el rechazo a la guerra no debe confundirse con una minimización del problema iraní. Por el contrario, varias encuestas muestran que una parte considerable del electorado sigue percibiendo a Irán como una amenaza seria. Fox News detectó que el 61% de los votantes considera que Teherán representa un riesgo real para la seguridad nacional de Estados Unidos. AP-NORC, por su parte, señaló que aproximadamente la mitad de los adultos estadounidenses está muy preocupada por el programa nuclear iraní como una amenaza directa para el país. La cuestión central, entonces, no es si el electorado cree o no que Irán constituye un problema, sino si considera que la vía elegida por Trump es necesaria, proporcionada y estratégicamente sostenible. Esa distinción resulta clave: permite entender por qué la percepción de amenaza no deriva automáticamente en consentimiento bélico.

La estructura de las respuestas también exhibe una polarización partidaria muy marcada. Los republicanos respaldan mayoritariamente al presidente, mientras demócratas e independientes tienden a rechazar la ofensiva. El ya citado muestreo de Quinnipiac muestra que el 85% de los republicanos apoya la acción militar, pero entre los independientes el 60% la desaprueba. CNN, por su parte, registra que el 82% de los demócratas y el 68% de los independientes rechazan los ataques, mientras que el 77% de los republicanos los aprueban. Esto revela que la guerra no produjo un consenso patriótico transversal ni un reagrupamiento nacional en torno del Ejecutivo. Más bien quedó absorbida por la lógica de la polarización política contemporánea, en la que incluso las decisiones de política exterior y seguridad son procesadas a través de lealtades partidarias preexistentes.

Ahora bien, esa fractura no significa que todo el problema pueda leerse únicamente en clave identitaria. Para Trump, el dato realmente delicado no es tanto la fidelidad republicana, que se mantiene relativamente estable, sino la combinación entre rechazo independiente, falta de convicción entre los indecisos y temor económico transversal. Su base puede acompañarlo, pero no necesariamente alcanza para neutralizar el costo político de una intervención si esta comienza a traducirse en deterioro material perceptible. La experiencia comparada muestra que los conflictos externos se vuelven especialmente gravosos para los gobiernos cuando dejan de ser interpretados como episodios geopolíticos abstractos y se transforman en problemas domésticos (medibles en inflación, combustibles o incertidumbre económica).

Es precisamente allí donde las encuestas encienden otra alarma de peso. Quinnipiac detectó que el 74% de los votantes está muy o algo preocupado por una eventual suba del petróleo y la gasolina. Ipsos coincide en esa dirección: el 67% cree que los precios de los combustibles empeorarán durante el próximo año como consecuencia de la intervención militar y el 49% anticipa un impacto mayormente negativo en su situación financiera personal. Este punto no es accesorio.

– (Ipso) ¿Cree que la acción militar de Estados Unidos en Irán tendrá un impacto en su situación financiera personal? Sí, tendrá un impacto mayormente positivo / Sí, tendrá un impacto mayormente negativo / No, no tendrá impacto / No sabe / No responde

En la cultura política estadounidense, el precio de la gasolina funciona como un indicador cotidiano de estabilidad económica y como un termómetro inmediato del humor social.

– (Ipso) Precios de la gasolina en Estados Unidos. Mejorarán / Empeorarán / Se mantendrán igual / No sabe / No responde

De hecho, la dimensión económica del conflicto parece haber sido internalizada por una fracción amplia del electorado desde etapas muy tempranas. Eso resulta políticamente significativo porque desplaza el debate desde el terreno relativamente abstracto de la estrategia internacional hacia la esfera concreta del costo de vida. La pregunta deja de ser únicamente si Irán representa un peligro para Estados Unidos y pasa a ser cuánto costará responder a ese peligro, quién absorberá ese costo y durante cuánto tiempo.

La temporalidad prevista del conflicto constituye otro eje central del malestar. En Quinnipiac, solo una minoría imagina una resolución rápida: el 32% cree que la guerra durará meses, el 13% calcula alrededor de un año y el 26% estima que se extenderá todavía más. Ipsos, por su parte, señala que seis de cada diez estadounidenses esperan una intervención prolongada. CNN acompaña esa percepción al registrar que el 56% considera probable un conflicto militar de largo plazo entre Washington y Teherán.

Ese punto resulta especialmente sensible para Trump por razones que exceden el episodio iraní en sí mismo. Su construcción política se apoyó durante años en una crítica explícita a las guerras interminables, a los costos de la proyección militar estadounidense en el exterior y a la idea de que Washington debía priorizar sus intereses domésticos antes que involucrarse en conflictos de larga duración. Bajo esa lógica, una guerra extendida con Irán sería, además de un desafío geopolítico, una contradicción ‘doctrinaria’. Cuanto más se prolongue la intervención, más expuesta quedará la distancia entre la retórica antiintervencionista con la que Trump consolidó parte de su liderazgo y la práctica efectiva de gobierno frente a esta crisis.

– Segmento de discurso de Donald Trump, 20 de enero de 2025

En casi todos los estudios aparece, además, una percepción convergente: la administración no logró establecer con nitidez ni los objetivos de la operación ni los parámetros de su eventual cierre. Esa opacidad estratégica no constituye un problema menor. En política internacional, y especialmente en contextos bélicos, la legitimidad interna de una intervención depende en gran medida de que la sociedad pueda identificar un horizonte inteligible de medios y fines. Cuando la fuerza se ejerce sin una narrativa suficientemente precisa sobre su propósito, se intensifican las sospechas de improvisación, sobrerreacción o captura del proceso decisorio por dinámicas coyunturales antes que por una planificación racional de largo plazo.

Desde esa perspectiva, el frente que se le abrió a Trump es simultáneamente militar, político y comunicacional. Militar, porque una eventual escalada podría obligarlo a tomar decisiones cada vez más costosas y difíciles de revertir. Político, porque la mayoría de las encuestas conocidas hasta ahora no validan de manera robusta su decisión y exponen vulnerabilidades entre independientes y sectores moderados. Comunicacional, porque la Casa Blanca no logró fijar una interpretación dominante del conflicto ni desactivar la percepción de que Estados Unidos puede estar entrando en otra guerra de final incierto.

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Trump pidió eliminar el comité de la ONU que cada año respalda el reclamo por las Islas Malvinas

El gobierno de Donald Trump pidió eliminar el Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas, el foro donde la Argentina sostiene cada año su reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas. El planteo llegó el pasado jueves 15, durante una sesión de la Cuarta Comisión de la Asamblea General en Nueva York. Allí, la representante estadounidense Tammy Bruce solicitó la finalización del mandato del organismo y calificó parte de su actividad como un despilfarro de recursos.

Desde el principal aliado internacional de la Casa Rosada llegó así una iniciativa que beneficia al Reino Unido y perjudica a los intereses argentinos. Ocurrió en plena ofensiva del Gobierno por el archipiélago y contra la explotación petrolera en sus aguas.

—El comunicado oficial de la ONU que da cuenta del pedido de Estados Unidos para terminar con el mandato del Comité Especial de Descolonización

De acuerdo con el comunicado de prensa GA/SPD/841 que difundió la ONU, la funcionaria afirmó que el comité “dejó de cumplir su propósito original”. Recordó que más de 80 antiguas colonias ya se incorporaron como Estados miembros, mientras el organismo “opera como si nada hubiera cambiado” y revisa los mismos textos cada año. También apuntó contra “los viajes anuales a centros turísticos del Caribe y el Pacífico Sur”, que consideró una pérdida de tiempo y de dinero para la organización.

Como ejemplo eligió a Puerto Rico. La Asamblea General quitó a la isla de la lista de territorios no autónomos en 1953, pero el comité celebra audiencias sobre ella todos los años. “Los habitantes de los territorios restantes merecen algo mejor que ser considerados meros instrumentos” en campañas políticas, remató. Su intervención no mencionó a las Malvinas.

El C-24, como se lo conoce en la jerga diplomática, nació en 1961 como órgano subsidiario de la Asamblea General para impulsar el fin del colonialismo. Lo integran 29 Estados y examina 17 territorios no autónomos, diez de ellos bajo administración británica, Malvinas incluida. Desde 1983 aprueba cada año una resolución que insta a Buenos Aires y Londres a negociar la soberanía, en línea con la resolución 2065 de la Asamblea General, de 1965. Estados Unidos abandonó el comité en 1971, con el argumento de que no le permitía cumplir un rol constructivo.

En esa misma sesión, la Cuarta Comisión aprobó más de 20 proyectos de resolución y una decisión, muchos surgidos de recomendaciones del C-24. Estados Unidos, el Reino Unido e Israel fueron los únicos votos en contra del texto sobre difusión de información sobre descolonización, que reunió 164 apoyos. La delegación británica, por su parte, reclamó que el comité reconozca la “modernización” de su vínculo con los territorios de ultramar.

Para Javier Milei, la jugada abrió la primera diferencia geopolítica con Trump. El Presidente comparte con el republicano la desconfianza hacia la eficacia de la ONU, pero considera al C-24 uno de los pocos escenarios multilaterales disponibles para el reclamo. 

Se espera que el canciller Pablo Quirno anuncie el rechazo argentino ante el vicesecretario de Estado, Christopher Landau, y el subsecretario para Asuntos del Hemisferio Occidental, Juan Pablo Segura, que llegan esta semana a Buenos Aires para promover una iniciativa de infraestructura con inversión estadounidense. El viernes, Milei habló por teléfono con el secretario de Estado, Marco Rubio. Ambos “reafirmaron la solidez de la asociación”, aunque no trascendió si conversaron sobre las islas.

Para cerrar el comité hace falta la aprobación de la Asamblea General. Allí Estados Unidos no tiene poder de veto, y el C-24 cuenta con el aval de una amplia mayoría de países.

La postura de Washington choca con el discurso de Milei en la última Asamblea General. “Malvinas es para nosotros una causa nacional, repito, Malvinas es para nosotros una causa nacional”, dijo el Presidente desde el atril neoyorquino, donde acusó a la ONU de “inútil” y de “mirar hacia otro lado con la causa”. Recordó que hace 50 años la resolución 31/49 pidió a las partes abstenerse de introducir modificaciones unilaterales y se preguntó “de qué sirve una resolución si durante décadas la contraparte puede actuar en sentido contrario”.

Los tres cancilleres de Milei defendieron el reclamo ante el C-24. Diana Mondino recordó en 2024 los 191 años de ocupación británica. Un año después, Gerardo Werthein la definió como “un acto colonial, contrario al derecho internacional”. En junio pasado, Quirno denunció la “militarización” del archipiélago y rechazó el argumento británico de la libre determinación: “Existe una población británica implantada por la potencia ocupante luego de la expulsión de las autoridades y de los legítimos pobladores argentinos”.

El pedido de Washington coincidió con el momento de mayor tensión con Londres. La Argentina solicitó al Tribunal Internacional del Derecho del Mar, con sede en Hamburgo, medidas para frenar el proyecto petrolero Sea Lion, y el Reino Unido respaldó de manera explícita a las empresas involucradas. Compañías estadounidenses también expresaron su preocupación por las sanciones que prevé la Ley de Soberanía.

Trump había alentado la estrategia oficial cuando evaluó revisar la neutralidad histórica de su país sobre el archipiélago y se ofreció como mediador. Sin embargo, después de reunirse el 22 de septiembre con el primer ministro británico, Andy Burnham, descartó esa mediación.

La ofensiva contra el C-24 forma parte de los recortes que Washington impulsa en la ONU como su principal contribuyente. Esos recortes coinciden con la carrera para suceder a António Guterres, en la que compite el argentino Rafael Grossi con el apoyo de Milei.

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