Galo: El nieto de Illia que brilla en la ciencia dentro del mundo nanotecnológico
La nanotecnología es un campo de la ciencia en el cual Galo, nieto del ex presidente radical Illia, destaca y mucho. Un mundo pequeño, pero asombrosamente interesante.
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El nieto del ex presidente argentino Arturo Illia (1963-1966) es el número uno en nanotecnología, termino que hace alusión a la manipulación de materia súper pequeña (átomos y moléculas) de forma muy precisa. Galo Soller Illia tiene un doctorado en química y trabaja actualmente como investigador del CONICET en el Instituto de Nanosistemas de la Universidad de San Martin, el cual fundó hace 8 años.
Galo festejando su cumpleaños número 3 junto a su abuelo (1973)
Este año le será entregado el Premio Fundación Bunge y Born por su destacado rol en la nanociencia. No sería este su primer reconocimiento, ya que en 2006 y 2009 recibió el premio Houssay, en 2013 se le otorga el Konex de Platino, y en 2011 y 2016 el Innovar.
“Yo era muy inquieto” admitió en una entrevista concedida a Viva y añadió: “A los 5 fui el nene que hace química. Con mi padrehacíamos experimentos y un día incendiamos la mesa del comedor. Todavía hoy voy a la casa de mi mamá y me dice: ‘Mirá, esta es la mesa que quemaron con tu padre’. Es como un orgullo, ¿no?”.
Galo no solo es químico, sino que, al igual que su abuelo, se interesó por la política. Fue por eso que se presentó en las PASO del año 2021 como parte del equipo de Facundo Manes de “Juntos por el Cambio”. Cuando se le cuestionó el porqué de su inserción en el ámbito político dijo que la principal razón por la que decidió involucrase se debía a una situación de adoctrinamiento que sufrió su hija en la escuela, similar a lo sucedido con el viral video de la profesora de La Matanza.
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*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV
Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.
Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.
Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.
Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.
Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.
“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.
Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.
Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.
“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.
Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.
— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín
Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.
Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.
Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.
La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.
— “Chiche” y Pedrini
Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió.
Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.
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