Netflix | Critica a Nisman: El fiscal, la presidenta y el espía

La serie documental generó revuelo en medios y volvió a instalar la incógnita. Si bien puede ser atractivo renovar el misterio, ¿vale la pena verlo?
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*Por: Simón Barrionuevo López

Lo que mal comienza…
El tratamiento de la muerte del fiscal Nisman es neutral; tiende a mostrar y querer entender ambas posiciones del conflicto (¿Se suicidó o lo mataron?, ¿Intentó el memorándum de entendimiento encubrir el atentado o no?). Y aquí sucede el primer error: El documental no parte de ninguna hipótesis. Lo cual lleva al espectador a intentar reconstruir la opinión del director. Hasta percibir la neutralidad del metraje es fácil confundirse y pensar que no comprende la mirada del director. Ya que en ningún momento se posiciona de un lado u otro e incluso muestra testimonios que se contradicen.

La narración de cada bloque temático dentro de cada uno de los episodios es muy buena pero posee dos errores:
El primero es que el modo de contar la historia no es lineal, comienza con la escena del crimen en el departamento del fiscal para luego narrar el atentado a la AMIA de 1994. Aunque el documental arme una línea de tiempo la narración es confusa debido al traslado del pasado al futuro sin un hilo ordenador.
Cuando el documental quiere generar empatía lo logra, al igual cuando quiere generar miedo o intriga. El problema que tiene el modo de contar la historia es el anacronismo y la falta de nexos coordinantes entre los distintos bloques temáticos. Así, dentro de un mismo capítulo se cuentan y confunden la historia del caso AMIA, la vida de Nisman, su denuncia, su muerte, la política internacional, los juicios…

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¿El fiscal, la presidenta y el espía?
La tríada que posee de subtítulo no representa nada de peso para el desarrollo del documental, nunca se siente un peso igual por parte de los tres personajes. Si bien Nisman, Fernández de Kirchner y Stiuso condicionan completamente la historia en ningún momento se profundiza en el porque de la elección de esto como subtítulo.

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Vale la pena verlo, ¿por qué?
A pesar de que la serie es un tanta larga y las confusiones que genera, desarrolladas anteriormente, la misma es una buena pieza periodística. Como es una producción internacional es entendible la “neutralidad” de la narración para la difusión internacional del caso. Por esto, es que busca narrar todos los hechos que hay alrededor para entender el contexto.

Lo más destacable sin dudas: Los testimonios
Si bien el caso en su momento encontró dos posturas partidarias el director logró enseñar ambas de manera muy correcta. Es cierto que se sienten algunas ausencias importantes (como a la expresidente o a la expareja de Nisman) pero aún así posee varias entrevistas muy trascendentales e incluso a algunas completamente exclusivas: Entre las más destacables están las de Jaime Stiuso, Allan Bogado, funcionarios de la CIA en Argentina y el excanciller Timerman (quien fallecería posteriormente en 2018), a mí parecer.

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En conclusión:
Para quienes nunca se interiorizaron este metraje es una buena manera de entender los pormenores de los casos de la muerte del fiscal Nisman, su denuncia de encubrimiento y del atentado a la AMIA. Este documental constituye una interesante pieza para comprender el funcionamiento de la política de fines del siglo XX y principios del nuevo siglo; como se configuran los intereses geopolíticos, el terrorismo, los servicios de inteigencia. Además, el cuidado estético que la serie hace de las imágenes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires muy hermosas. Sin dudas un buen plan de domingo.


Comentario del autor: Si bien puedo afirmar que todos en alguna oportunidad hemos visto algún documental, lo cierto es que no es algo habitual y, por ende, es difícil encontrar los puntos débiles de los mismos. De todas maneras no hay que desmotivarse y recomiendo que esta serie documental sea el puntapié inicial para adentrarse al género.


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Samuel “Chiche ”Gelblung: El detector de mentiras

*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV


Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.

Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.

Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.

Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.

Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.

“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.

Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.

Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.

“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.

Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.

— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín

Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.

Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.

Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.

La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.

— “Chiche” y Pedrini

Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió. 

Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.

HUMOR por Argüelles​

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