El rugby no tiene nada que ver en todo esto

El rugby, no. El rugby no tiene nada que ver en todo esto. El rugby no le pertenece a los delincuentes...
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El rugby, no. El rugby no tiene nada que ver en todo esto. El rugby no le pertenece a los delincuentes. El rugby no es de los asesinos, ni de los patoteros. Sólo aquellos que no saben nada de rugby le echan la culpa al rugby y es lógico. Escriben y hablan de lo que pide la hora y llena espacios en los medios. Caerle al rugby es la más fácil. Por supuesto que el rugby alberga imbéciles. El rugby no es una burbuja impoluta, pero el rugby no tiene la culpa. Nunca la tuvo. Ni la va a tener.

Estos asesinos y los que hicieron y hacen desmanes e imbecilidades no le pertenecen a un deporte en particular. No son inherentes a él. Pertenecen a esta sociedad argentina que está podrida. Los que piden “educación” o “cursos” para los “rugbiers” no la piden para todos lo que se pelean en las canchas de fútbol, de básquet o a la salida de los colegios o en los sindicatos.

“Once rugbiers” dicen las crónicas. No dicen once adolescentes, once estudiantes, empleados u obreros. El “rugbiers” ayuda a ponerle un condimento extra. Es curioso también que una sociedad que pide a gritos no estigmatizar, en este caso en particular hace bandera de ello y los medios son los primeros en enarbolarla.

Que se le caiga encima al rugby y lo haga responsable -al deporte- de un crimen, es tan deliberadamente artero como profundamente ignorante. La desinformación y la falta de interés para indagar sobre todo lo inmensamente bueno que genera el rugby en todo el país y todo lo increíblemente solidario que es, no importa. El periodismo que le pega y denosta al rugby es el mismo que se hace el distraído con la delincuencia que rodea al fútbol (entre otros) y el entorno que lo protege. Por eso, el periodismo y la justicia -que para muchos ofician como sinónimos- están siempre sospechados de connivencia con los delincuentes que manejan los clubes de fútbol desde sus entrañas. De esos delincuentes no todos hablan, no todos escriben, no todos investigan. Es más, les hacen notas. De los delincuentes a los que les endilgan ser “rugbiers”, sí se ocupan todos.

Sin embargo, cuando se habla de “Espartanos” y del rugby que se practica en las cárceles por presos que nunca en su vida jugaron al rugby -y cuando son ellos mismos los que lo aseguran- que este deporte les cambió, devolvió o salvó la vida y que la tasa de reincidencia de los que han pasado por “Espartanos” es de menos del 5%, ahí se deberían acabar los estigmas, pero ni así. ¿Llamar a Coco Oderigo? ¿Para qué? ¿Para qué averiguar por el chico de Villa Ojo de Agua en Santiago del Estero que estudia, cuida y se ocupa de tres hermanos discapacitados mientras sus padres trabajan en el campo y hace todo eso además de ir a entrenarse? ¿Para qué averiguar lo que representa el rugby en San Jaime de la Frontera, en Entre Ríos o en Guanacos de Río Turbio?

Por otro lado… estos delincuentes que asesinaron a un joven a piñas no hacen otra cosa que copiar, imitar y encarnar lo que hacen los barras bravas, los patoteros de cancha, los sindicalistas y muchos otros delincuentes que tanto se enaltecen hasta en series de televisión y desde ahí, se masifica, eso no se condena. Eso no es de violentos. Violento es el que juega al rugby…

En este país, el delincuente que no tiene la etiqueta de “rugbier” es el prestigioso. Ese es el que tiene lo que quiere, el que zafa. Entonces, desde la punta de la pirámide para abajo, en los tres poderes del estado y de ahí, a la base de la sociedad, el delincuente de toda estopa que no juega al rugby pareciera ser el modelo a seguir. Pero si juega al rugby, entonces la culpa es del rugby.

En un país cloacal como este, los delincuentes son delincuentes, no importa la actividad que hagan. Si fuera por eso, no habría lugar para abogados.

Y los que afirman con soltura que la UAR no hace ni hizo nada para abordar este tema tan siniestro y bajo, no es cierto. Desinforman o mienten de forma cruenta. “Rugby Seguro” es un grupo de trabajo dentro de la UAR que sí se preocupa y ha preocupado por estos y por muchísimos otros temas que parecen ser tabú (drogadicción, alcoholismo, abuso de menores) y lo hace desde 2016. Lo que no ha tenido Rugby Seguro es todo el apoyo y difusión necesarios.

También hay esfuerzos individuales muy grandes, como el de Lalo Galán -a la sazón, miembros de Rugby Seguro- que ha editado un libro sobre los valores del rugby, que ha dado innumerables presentaciones, charlas y disertaciones por todo el país y que lucha a diario para que el espíritu noble de nuestro deporte se fortalezca y para que todos tomen conciencia de la responsabilidad que conlleva jugar y ser representante de un deporte que es observado con lupa cuando de hechos negativos se trata.

A los medios no se les va a caer ninguna pauta publicitaria por caerle encima al rugby, ni van a haber pintadas en las casas de los que escriben, ni amenazas de barras, ni habrá lobby atrás para que esos artículos o no se publiquen o se manden al fondo. Los que hablan y escriben pueden poner o decir cualquier barbaridad de un deporte del que desconocen y al que detestan porque no va a haber represalias. Por eso escriben, porque tienen la más absoluta libertad de hacerlo, la que con otros personajes o deportes, no.

De vuelta: El rugby no engendra delincuentes. El rugby no es de asesinos, ni de patoteros. Delincuentes, asesinos y patoteros hay en todos los estratos de la Argentina. El rugby no tira debajo de la alfombra sus problemas ni mira para otro lado. El rugby se hace cargo, se hace carne. Ojalá todos pudieran decir lo mismo.

Fuente: Hablemos de Rugby – Eugenio Astesiano

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VOLVIÓ EL ACOSADOR DEGENERADO: “avisen por mail”, Pedro Brieger sobrevive con un precario newsletter y vendiendo charlas virtuales sobre Irán

El ocaso del gurú del CBU

Para los más jóvenes, Pedro Brieger es apenas un eco de la vieja televisión. Durante décadas fue el oráculo internacional de C5N y Radio Nacional, dictando cátedra con una suficiencia que hoy resulta escalofriante. Mientras explicaba conflictos globales con parsimonia, puertas adentro ejecutaba un patrón de conducta patológico: un acoso sexual sistemático que gozó de impunidad durante treinta años.

El castillo de naipes cayó en julio de 2024, cuando un informe de Periodistas Argentinas documentó 19 testimonios que expusieron su cultura del acoso: exhibicionismo, masturbación frente a colegas y abuso de poder para intimidar a jóvenes profesionales. Aquel analista estrella que codeaba con presidentes desapareció de un plumazo, eyectado de cada estudio de radio y televisión hasta convertirse en un paria mediático.

Su realidad actual es una oficina virtual que parece una parodia. Lejos de las grandes producciones, hoy mendiga suscripciones de $5.000 con una precariedad administrativa total: para leer su newsletter semanal, cada mes sus últimos fieles deben transferir al alias “CUENTO.CALDO.CARDO” (así de cacofónico y gracioso como suena) y, en un acto de rigor administrativo propio de un principiante, enviarle un comprobante a una casilla de Gmail para avisarle que pagaron. Todos los meses, cada persona. Brieger mutó de intelectual mediático a cadete de su propio olvido.

Brieger explicando cómo recibir su newsletter: transferencia y aviso por e-mail.

La oficina de Facebook y el refugio ideológico

Su rutina en Facebook es el retrato de la irrelevancia. El analista que consultaba mandatarios hoy dedica sus tardes a scrollear redes para copiar y pegar fragmentos de portales marginales o gacetillas de la embajada china que sube con comentarios genéricos, como “recomiendo leer esto” o “muy interesante nota”. Ya casi no produce análisis; es un repetidor serial de links que busca, desesperadamente, que el algoritmo no lo termine de enterrar en el olvido.

Ante el repudio, Brieger construyó una trinchera ideológica donde su pasado de acosador no existe. Se refugia en la defensa irrestricta de Irán, Cuba, China y Venezuela, citando a autores progresistas y validándose en medios militantes para blindarse éticamente. Le habla a un núcleo duro que prefiere consumir retórica “anti-imperialista” antes que recordar las 19 denuncias que lo eyectaron del sistema profesional.

Brieger en las épocas que era bien recibido en C5N.

El miedo al escrache y el cupo de la vergüenza

La degradación llega a su punto máximo con sus charlas virtuales sobre Medio Oriente. Por la módica suma de $30.000, el otrora conferencista internacional ofrece encuentros por Zoom bajo una condición humillante: requiere un “cupo mínimo de 10 personas para arrancar. No es sólo que le falte presupuesto para un salón, sino también el terror al escrache ante un encuentro físico. La pantalla de la computadora es el único escudo que le queda para evitar que alguien lo increpe cara a cara por su pasado.

Para intentar justificar el precio de su nostalgia, Brieger apela a anécdotas de un prestigio vencido: cita encuentros con Christine Lagarde en París o sus viajes a Irak en los años ‘90. Es una paradoja tragicómica: mientras denuncia el “culto a la personalidad” de líderes mundiales, intenta desesperadamente sostener su propio micro-culto personal para que diez desconocidos, dispersos por el mundo, le aseguren una recaudación mensual que no llegaría a cubrir un alquiler digno.

Brieger explica que necesita al menos 10 personas para dar la charla y comenta el temario.

La foto del olvido

La imagen actual de Pedro Brieger es la de un hombre que habita en las grietas de internet, facturando centavos y rezando para que diez desconocidos le transfieran a un alias antes de que la memoria colectiva vuelva a golpearle la puerta. Ya no hay estudios con luces de neón ni viajes diplomáticos; sólo le queda copiar y pegar cada día en una red social en desuso y esperar ansiosamente que le suenen las notificaciones de su cuenta bancaria (o de su casilla de Gmail).

Es el destino final de quien creyó que su prestigio lo hacía intocable: un retiro forzado donde la única primicia que tiene para ofrecer es el cronograma de sus propias necesidades económicas. Brieger ya no explica el mundo, ahora el mundo lo explica a él como el ejemplo perfecto de que la impunidad tiene fecha de vencimiento, y que el olvido puede ser mucho más ruidoso que cualquier repudio.



*Autor: Augusto Grinner

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