Día del Maestro, un “invento” cordobés

La iniciativa fue de Miguel Rodríguez de la Torre, quien propuso esta conmemoración en 1911, destacando la importancia de la educación y el reconocimiento a los docentes.
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10 Years Experiences

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*Por Marcos Calligaris

El Día del Maestro en Argentina se celebra el 11 de septiembre en homenaje a Domingo Faustino Sarmiento, quien falleció en Asunción del Paraguay en 1888.

Este homenaje fue impulsado por Miguel Rodríguez de la Torre, un cordobés apasionado por la enseñanza, la poesía y el periodismo.

Felix Tomás del Corazón de Jesús Garzón Moreno, gobernador de la Provincia de Córdoba (1910 a 1913).

Fue justamente Rodríguez de la Torre quien, en 1911, propuso al Consejo de Educación de Córdoba que el 11 de septiembre se declarara el “Día del Maestro” en honor a Sarmiento.

La propuesta fue aprobada rápidamente por el Consejo, y el gobernador Félix T. Garzón, junto al ministro José del Viso firmaron el decreto el 12 de julio de 1911.

Este decreto no solo establecía el Día del Maestro, sino que también declaraba feriado para las escuelas de la provincia y permitía a los docentes recibir regalos de sus alumnos y sus familias, algo que hasta la fecha estaba prohibido.

En aquella oportunidad, según contó el recordado historiador Efraín U. Bischoff, el Consejo de Educación también subrayó la necesidad de mejorar las condiciones salariales de los maestros, considerando que “el sueldo de que gozan los maestros de la provincia es exiguo e insuficiente para llenar las necesidades primordiales de la vida”. En ese sentido, propusieron un aumento anual del 10 % durante diez años, comenzando después de cinco años de servicio ininterrumpido y demostrando competencia, laboriosidad y buena conducta.

La primera vez y para todo el continente

La primera celebración del Día del Maestro tuvo lugar en 1911 en la escuela Alberdi de Córdoba y en otras instituciones educativas de la ciudad.

Pasaron cuatro años hasta que el 17 de noviembre de 1915, la Sociedad Amigos de la Escuela, un organismo con sede en Buenos Aires, que era presidida por Emilio Bárcena, resolvió extender la celebración a todo el país, y ya en 1943, la Conferencia Panamericana la elevó para todo el continente.

Un destacado monserratense

Miguel Rodríguez de la Torre nació en Córdoba el 26 de junio de 1871, en el hogar del doctor Pablo Julio Rodríguez y doña Fidelia de la Torre. Desde joven, mostró un gran interés por la educación y el periodismo. Estudió en el Seminario de Nuestra Señora de Loreto y en el Colegio Nacional de Monserrat.

Su carrera periodística comenzó en los periódicos El Interior y El Debate, y fue fundador de varias publicaciones, incluyendo la Revista de la Policía y el diario Fígaro. También dirigió los diarios Mercurio y La Evolución, de La Plata, y escribió numerosos libros.

Rodríguez de la Torre también tuvo una destacada carrera en la política y la educación. Publicó el libro Higiene Escolar en 1907 y fue legislador por San Alberto entre 1909 y 1911. Participó activamente en el Congreso Pedagógico de 1912, donde abogó por la “remuneración equitativa de los maestros”.

Miguel Rodríguez de la Torre falleció el 5 de agosto de 1929 en Córdoba. Una escuela y una calle de la ciudad llevan su nombre.

*Fuente: CADENA3

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VOLVIÓ EL ACOSADOR DEGENERADO: “avisen por mail”, Pedro Brieger sobrevive con un precario newsletter y vendiendo charlas virtuales sobre Irán

El ocaso del gurú del CBU

Para los más jóvenes, Pedro Brieger es apenas un eco de la vieja televisión. Durante décadas fue el oráculo internacional de C5N y Radio Nacional, dictando cátedra con una suficiencia que hoy resulta escalofriante. Mientras explicaba conflictos globales con parsimonia, puertas adentro ejecutaba un patrón de conducta patológico: un acoso sexual sistemático que gozó de impunidad durante treinta años.

El castillo de naipes cayó en julio de 2024, cuando un informe de Periodistas Argentinas documentó 19 testimonios que expusieron su cultura del acoso: exhibicionismo, masturbación frente a colegas y abuso de poder para intimidar a jóvenes profesionales. Aquel analista estrella que codeaba con presidentes desapareció de un plumazo, eyectado de cada estudio de radio y televisión hasta convertirse en un paria mediático.

Su realidad actual es una oficina virtual que parece una parodia. Lejos de las grandes producciones, hoy mendiga suscripciones de $5.000 con una precariedad administrativa total: para leer su newsletter semanal, cada mes sus últimos fieles deben transferir al alias “CUENTO.CALDO.CARDO” (así de cacofónico y gracioso como suena) y, en un acto de rigor administrativo propio de un principiante, enviarle un comprobante a una casilla de Gmail para avisarle que pagaron. Todos los meses, cada persona. Brieger mutó de intelectual mediático a cadete de su propio olvido.

Brieger explicando cómo recibir su newsletter: transferencia y aviso por e-mail.

La oficina de Facebook y el refugio ideológico

Su rutina en Facebook es el retrato de la irrelevancia. El analista que consultaba mandatarios hoy dedica sus tardes a scrollear redes para copiar y pegar fragmentos de portales marginales o gacetillas de la embajada china que sube con comentarios genéricos, como “recomiendo leer esto” o “muy interesante nota”. Ya casi no produce análisis; es un repetidor serial de links que busca, desesperadamente, que el algoritmo no lo termine de enterrar en el olvido.

Ante el repudio, Brieger construyó una trinchera ideológica donde su pasado de acosador no existe. Se refugia en la defensa irrestricta de Irán, Cuba, China y Venezuela, citando a autores progresistas y validándose en medios militantes para blindarse éticamente. Le habla a un núcleo duro que prefiere consumir retórica “anti-imperialista” antes que recordar las 19 denuncias que lo eyectaron del sistema profesional.

Brieger en las épocas que era bien recibido en C5N.

El miedo al escrache y el cupo de la vergüenza

La degradación llega a su punto máximo con sus charlas virtuales sobre Medio Oriente. Por la módica suma de $30.000, el otrora conferencista internacional ofrece encuentros por Zoom bajo una condición humillante: requiere un “cupo mínimo de 10 personas para arrancar. No es sólo que le falte presupuesto para un salón, sino también el terror al escrache ante un encuentro físico. La pantalla de la computadora es el único escudo que le queda para evitar que alguien lo increpe cara a cara por su pasado.

Para intentar justificar el precio de su nostalgia, Brieger apela a anécdotas de un prestigio vencido: cita encuentros con Christine Lagarde en París o sus viajes a Irak en los años ‘90. Es una paradoja tragicómica: mientras denuncia el “culto a la personalidad” de líderes mundiales, intenta desesperadamente sostener su propio micro-culto personal para que diez desconocidos, dispersos por el mundo, le aseguren una recaudación mensual que no llegaría a cubrir un alquiler digno.

Brieger explica que necesita al menos 10 personas para dar la charla y comenta el temario.

La foto del olvido

La imagen actual de Pedro Brieger es la de un hombre que habita en las grietas de internet, facturando centavos y rezando para que diez desconocidos le transfieran a un alias antes de que la memoria colectiva vuelva a golpearle la puerta. Ya no hay estudios con luces de neón ni viajes diplomáticos; sólo le queda copiar y pegar cada día en una red social en desuso y esperar ansiosamente que le suenen las notificaciones de su cuenta bancaria (o de su casilla de Gmail).

Es el destino final de quien creyó que su prestigio lo hacía intocable: un retiro forzado donde la única primicia que tiene para ofrecer es el cronograma de sus propias necesidades económicas. Brieger ya no explica el mundo, ahora el mundo lo explica a él como el ejemplo perfecto de que la impunidad tiene fecha de vencimiento, y que el olvido puede ser mucho más ruidoso que cualquier repudio.



*Autor: Augusto Grinner

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