Cuando Stalin condenó a morir de inanición a más de 4 millones de ucranianos

Los orígenes de la hambruna que provocó el genocidio yacen en la decisión del líder soviético Joseph Stalin para colectivizar la agricultura en 1932. Durante el periodo hubo más de 4 millones de muertos por hambre.
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Los orígenes de la hambruna que provocó el genocidio yacen en la decisión del líder soviético Joseph Stalin para colectivizar la agricultura en 1932. Durante el periodo hubo más de 4 millones de muertos por hambre.

La situación de los campesinos ucranianos comenzó a ser desoladora a comienzos de la primavera de 1932. Apenas había alimentos básicos que llevarse a la boca; a los niños les hinchaba el estómago a causa del hambre y muchas familias se vieron obligadas a subsistir a base de una dieta de hierba y bellotas. La Unión Soviética, ese mecanismo infalible, igualitario, que había puesto en marcha los planes de colectivización agraria, patinaba en sus políticas. Sus camaradas sucumbían ante la escasez, ¿y qué se hizo desde Moscú? Nada, simplemente tapar las muertes con silencio.

Algunos campesinos, ya sin nada a lo que agarrarse, escribieron al Kremlin en busca de una solución divina: “Honorable camarada Stalin, ¿hay alguna ley del Gobierno soviético que establezca que los aldeanos deban pasar hambre? Porque nosotros, los trabajadores de las granjas colectivas, no hemos tenido una rebanada de pan en nuestra granja desde el 1 de enero (…) ¿Cómo vamos a construir la economía del pueblo socialista si estamos condenados a morir de hambre? ¿Para qué caímos en el frente de batalla? ¿Para pasar hambre? ¿Para ver a nuestros hijos sufrir y morir de inanición?”.

Sin embargo, las respuestas nunca llegarían. El balance final sería escalofriante: entre 1931 y 1934 al menos cinco millones de soviéticos murieron de hambre. Ese período se ha definido como Holodomor, un término derivado de las palabras ucranianas hólod (hambre) y mor (exterminio). Y es que si hubo un lugar en el cual las muertes se registraron de forma imparable -también dentro de su élite política e intelectual-, ese fue Ucrania, con más de cuatro millones de víctimas. Estos asesinatos -por dejación en unos casos, premeditados en otros- no tuvieron nada que envidiarle a las purgas de Stalin.

Sobre estos oscuros acontecimientos gira la última obra de la aplaudida escritora Anne Applebaum, Hambruna Roja, un relato minucioso, basado en multitud de testimonios y archivos clasificados, de cómo las políticas articuladas desde el Kremlin fueron las propias causantes del exterminio humano, por mucho que quisiese ocultarse.

Y de ahí se arrastran conflictos que todavía permanecen en el presente: “La combinación de estas dos políticas -el Holodomor en el invierno y la primavera de 1933, y la represión de la clase intelectual y política ucraniana en los meses posteriores- dio lugar a la sovietización de Ucrania, la destrucción de su idea nacional y la castración de cualquier intento ucraniano de desafiar la unidad soviética”, sostiene la Pulitzer en la categoría de no ficción por Gulag.

Applebaum ha sido capaz de construir una escalofriante travesía por el sufrimiento al que hubo de enfrentarse esta gente, sola, desamparada, sin nada que comer y a la que no se le permitió huir a otras zonas más prósperas. Los testimonios que se van encadenando en el libro son puro dolor, inhumanidad, que describen comportamientos impensables para el ser humano, como cuando en las zonas rurales se generalizó el canibalismo “incluso hay registrados de padres que devoraban a sus hijos” o la necrofagia, el consumo de cadáveres que habían fallecido de inanición.

Resulta escalofriante la historia de una señora de cincuenta años, que habitaba en el distrito de Bohuslavski, y le cortó el cuello a un niño de doce años para descuartizarlo. Cuando un vecino la vio con los órganos y otras partes del cuerpo del joven, se tragó la película de que procedían de un ternero. Cocinaron para toda la familia, se comieron el corazón asado y cuando el anciano rebuscó en la bolsa para ver qué cachos más de carne podían ser desaprovechados, se topó con la realidad.

El hambre llegó a un nivel semejante que muchos ucranianos se vieron impulsados a actitudes salvajes. Esos efectos de la hambruna los describió el escritor Vasili Grossman en Todo fluye: “Al principio el hambre te echa de casa. Primero es un fuego que te quema, te atormenta, te desgarra las tripas y el alma: el hombre huye de casa (…) Luego llega el día en que el hambriento vuelve atrás, se arrastra hasta casa. Esto significa que el hambre le ha vencido, aquel hombre ya no se salvará. Se mete en la cama y permanece tumbado. Una vez el hambre lo ha vencido, el hombre ya no se levantará, no solo porque ya no tenga fuerzas: le falta interés ya no quiere vivir. Se queda tumbado en silencio y no quiere que nadie lo toque. El hambriento no quiere comer (…) no quiere que le molesten: quiere que le dejen en paz”.

Estatua dedicada a las víctimas del Holodomor

Mijaíl Shólojov, otro novelista soviético de renombre, remitió a Stalin varias cartas en las que describía este fenómeno, visto con sus propios ojos en algunas zonas rurales del Cáucaso septentrional: “Los kolsojianos y los granjeros particulares se están muriendo de hambre a partes iguales; los adultos y los niños están hinchados y comen cosas que ningún ser humano debería comer jamás, desde carroña hasta la corteza de los robles y todo tipo de raíces embarradas”. En otros escritos posteriores, Shólojov también se quejaba al líder soviético de las purgas del Partido Comunista entres sus afiliados de base.

“Usted solo ve un asunto de la cuestión”, le respondió Stalin. “Los productores de cereal de su región (y no solo de la suya) están llevando a cabo un sabotaje y dejando al Ejército rojo sin cereal”.

Esos hombres, granjeros aparentemente inofensivos, estaban, según su versión, librando “una guerra silenciosa contra el poder soviético”. La única explicación que dio Stalin, como bien señala Applebaum, fue agarrarse a las teorías conspirativas: “Los que se estaban muriendo de hambre no eran inocentes, al contrario, eran traidores, saboteadores, estaban conspirando para debilitar la revolución proletaria”.

Prisioneros en un Gulag

El pasado domingo se conmemoró en Ucrania el 86 aniversario del Holodomor.

El presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskiy, dijo que la humanidad aún no tiene palabras para describir el dolor que sintieron los ucranianos durante la hambruna.

“Hoy rendimos homenaje a las víctimas del Holodomor, el crimen de genocidio perpetrado por el régimen estalinista totalitario contra nuestro pueblo, contra el pueblo de Ucrania”, expresó Zelenskiy.

*Fuente: El Español

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VOLVIÓ EL ACOSADOR DEGENERADO: “avisen por mail”, Pedro Brieger sobrevive con un precario newsletter y vendiendo charlas virtuales sobre Irán

El ocaso del gurú del CBU

Para los más jóvenes, Pedro Brieger es apenas un eco de la vieja televisión. Durante décadas fue el oráculo internacional de C5N y Radio Nacional, dictando cátedra con una suficiencia que hoy resulta escalofriante. Mientras explicaba conflictos globales con parsimonia, puertas adentro ejecutaba un patrón de conducta patológico: un acoso sexual sistemático que gozó de impunidad durante treinta años.

El castillo de naipes cayó en julio de 2024, cuando un informe de Periodistas Argentinas documentó 19 testimonios que expusieron su cultura del acoso: exhibicionismo, masturbación frente a colegas y abuso de poder para intimidar a jóvenes profesionales. Aquel analista estrella que codeaba con presidentes desapareció de un plumazo, eyectado de cada estudio de radio y televisión hasta convertirse en un paria mediático.

Su realidad actual es una oficina virtual que parece una parodia. Lejos de las grandes producciones, hoy mendiga suscripciones de $5.000 con una precariedad administrativa total: para leer su newsletter semanal, cada mes sus últimos fieles deben transferir al alias “CUENTO.CALDO.CARDO” (así de cacofónico y gracioso como suena) y, en un acto de rigor administrativo propio de un principiante, enviarle un comprobante a una casilla de Gmail para avisarle que pagaron. Todos los meses, cada persona. Brieger mutó de intelectual mediático a cadete de su propio olvido.

Brieger explicando cómo recibir su newsletter: transferencia y aviso por e-mail.

La oficina de Facebook y el refugio ideológico

Su rutina en Facebook es el retrato de la irrelevancia. El analista que consultaba mandatarios hoy dedica sus tardes a scrollear redes para copiar y pegar fragmentos de portales marginales o gacetillas de la embajada china que sube con comentarios genéricos, como “recomiendo leer esto” o “muy interesante nota”. Ya casi no produce análisis; es un repetidor serial de links que busca, desesperadamente, que el algoritmo no lo termine de enterrar en el olvido.

Ante el repudio, Brieger construyó una trinchera ideológica donde su pasado de acosador no existe. Se refugia en la defensa irrestricta de Irán, Cuba, China y Venezuela, citando a autores progresistas y validándose en medios militantes para blindarse éticamente. Le habla a un núcleo duro que prefiere consumir retórica “anti-imperialista” antes que recordar las 19 denuncias que lo eyectaron del sistema profesional.

Brieger en las épocas que era bien recibido en C5N.

El miedo al escrache y el cupo de la vergüenza

La degradación llega a su punto máximo con sus charlas virtuales sobre Medio Oriente. Por la módica suma de $30.000, el otrora conferencista internacional ofrece encuentros por Zoom bajo una condición humillante: requiere un “cupo mínimo de 10 personas para arrancar. No es sólo que le falte presupuesto para un salón, sino también el terror al escrache ante un encuentro físico. La pantalla de la computadora es el único escudo que le queda para evitar que alguien lo increpe cara a cara por su pasado.

Para intentar justificar el precio de su nostalgia, Brieger apela a anécdotas de un prestigio vencido: cita encuentros con Christine Lagarde en París o sus viajes a Irak en los años ‘90. Es una paradoja tragicómica: mientras denuncia el “culto a la personalidad” de líderes mundiales, intenta desesperadamente sostener su propio micro-culto personal para que diez desconocidos, dispersos por el mundo, le aseguren una recaudación mensual que no llegaría a cubrir un alquiler digno.

Brieger explica que necesita al menos 10 personas para dar la charla y comenta el temario.

La foto del olvido

La imagen actual de Pedro Brieger es la de un hombre que habita en las grietas de internet, facturando centavos y rezando para que diez desconocidos le transfieran a un alias antes de que la memoria colectiva vuelva a golpearle la puerta. Ya no hay estudios con luces de neón ni viajes diplomáticos; sólo le queda copiar y pegar cada día en una red social en desuso y esperar ansiosamente que le suenen las notificaciones de su cuenta bancaria (o de su casilla de Gmail).

Es el destino final de quien creyó que su prestigio lo hacía intocable: un retiro forzado donde la única primicia que tiene para ofrecer es el cronograma de sus propias necesidades económicas. Brieger ya no explica el mundo, ahora el mundo lo explica a él como el ejemplo perfecto de que la impunidad tiene fecha de vencimiento, y que el olvido puede ser mucho más ruidoso que cualquier repudio.



*Autor: Augusto Grinner

HUMOR por Argüelles​

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