“Los lectores volvieron a entregarse a los libros” | La conclusión de la Feria del Libro 2023

La nueva edición de la Feria recibió 1.245.000 visitantes y se acercó mucho a las ganancias del año pasado; la preocupación de las editoriales independientes frente al éxito de las grandes.
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Este 15 de mayo finalizó la 47° edición de la Feria del Libro de Buenos Aires después de 19 días, con ganancias superiores a la última antes de la cuarentena y muy cercanas al éxito del 2022, y una concurrencia que superó el millón de personas. Las grandes editoriales vendieron hasta un 15% más que el año pasado, aunque los grupos más independientes están preocupados por la escasez y el cada vez más alto precio del papel.

El éxito de una nueva edición de la Feria se debió a varias iniciativas, algunas repetidas, mas otras realmente novedosas, que convocaron no solo a adultos y niños, sino también a miles de jóvenes que, gracias al impulso de Cris Alemany y su “movida juvenil”, son cada vez más. Además, gracias a Conabip, que permite la compra de libros a mitad de precio para “embajadores” de bibliotecas populares, entre el 5 y el 7 de mayo hubo más de mil ventas.

Las más de 2.000 actividades culturales y el centenario de la publicación del poemario de Jorge Luis Borges, Fervor de Buenos Aires, se sumaron al espectáculo Santiago de Chile canta a Buenos Aires en la Noche de la Feria como algunos de los mayores atractivos en las casi tres semanas.

Como conmemoración de los cuarenta años de la democracia en Argentina, entre los pabellones de la Feria existió un túnel con 40 fotos (una de cada año) representativas de nuestro país. Era larguísima la fila que hacían los más chicos para sacarse fotos junto a la última de ellas: Messi levantando la Copa del Mundo en Qatar 2022.

Por otra parte, las editoriales más populares, como Planeta, Penguin Random House, o Galerna, reconocieron haber tenido resultados más que satisfactorios. Carolina Di Bella, gerenta editorial de la tercera de ellas, reflexionó acerca del éxito no solo económico: “Para los editores, cada Feria del Libro es una oportunidad para encontrarnos de manera directa con nuestros lectores, conocerlos y dialogar. Desde esta mirada, el balance de cada edición es siempre positivo”.

La contracara se plasma en el caso de las editoriales más pequeñas, a quienes les preocupa el alto costo del papel y su escasez, como le sucede a El Cuenco de Plata. Julio Patricio Rovelli López, editor, destacó que están “contentos de haber participado en esta edición, en la que cumplieron 20 años”. Pero se sinceró y aceptó: “Para las editoriales independientes con lo vendido difícilmente lleguemos a pagar la reimpresión de los libros, teniendo en cuenta la inflación de tintes alfonsinistas”.

Benjamín Vicuña y Carlos Pagni, con Blanca, la niña que quería volar y El Nudo, respectivamente, fueron dos de las figuras más descollantes de la Feria. Y otro de los ejemplares más vendidos le corresponde al flamante Premio Pulitzer, Hernán Díaz, y se titula Fortuna. Ariel Granica, expresidente de la Fundación El Libro, destacó el “vigor excepcional” que recuperó la Feria, y concluyó: “Las ventas han acompañado satisfactoriamente. En un contexto económico tenso, los lectores volvieron a entregarse a los libros”.

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Samuel “Chiche ”Gelblung: El detector de mentiras

*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV


Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.

Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.

Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.

Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.

Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.

“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.

Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.

Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.

“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.

Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.

— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín

Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.

Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.

Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.

La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.

— “Chiche” y Pedrini

Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió. 

Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.

HUMOR por Argüelles​

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