Un estudio advierte que la IA ya está “envenenando” las encuestas de opinión pública

Un sistema de inteligencia artificial se hizo pasar por encuestados reales, burló más de 43.000 filtros con una efectividad cercana al 100% y dejó en evidencia lo fácil que es contaminar con respuestas falsas las encuestas que sostienen pronósticos electorales y estudios científicos.
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Un estudio publicado en la revista académica Proceedings of the National Academy of Sciences realizado por Sean Westwood, profesor en Ciencias Políticas de la Universidad de Dartmouth, Estados Unidos, reveló que la inteligencia artificial puede infiltrarse en las encuestas de opinión pública en línea sin ser detectada prácticamente en ningún caso.

“Con datos de encuestas contaminados por bots, la IA puede envenenar todo el ecosistema de conocimiento”, afirmó Westwood.

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El investigador construyó un sistema de IA programado mediante un simple prompt de 500 palabras. Este sistema fue diseñado para imitar completamente el comportamiento humano en las encuestas. Los resultados fueron devastadores, siendo que en más de 43,000 pruebas, la herramienta de IA pasó el 99.8% de todos los controles de atención diseñados específicamente para detectar respuestas automatizadas. Resolvió sin errores acertijos de lógica y burló las salvaguardas tradicionales como reCAPTCHA, la herramienta de verificación que está presente en millones de sitios web.

El sistema de IA funciona a través de dos capas altamente sofisticadas. En primer lugar, construye un perfil demográfico coherente y verosímil, asignando de manera aleatoria una edad, un género, una raza, un nivel educativo, un ingreso promedio y un estado de residencia, y mantiene la coherencia de ese personaje a lo largo de todas sus respuestas. En segundo lugar, simula el comportamiento humano con un nivel extraordinario de detalle. Para ello genera tiempos de lectura ajustados al nivel educativo del personaje, reproduce movimientos de ratón que imitan los de una persona real y redacta respuestas a preguntas abiertas letra por letra, incluyendo errores tipográficos plausibles y las correcciones que un usuario humano haría de manera natural.

Lo más perturbador es que el sistema puede ser programado para “pensar a través de cada pregunta” y “actuar como personas reales y cuidadosas”, haciendo que los datos parecen completamente legítimos. No son bots crudos, sino imitadores sofisticados del razonamiento humano.

La magnitud del riesgo se vuelve evidente cuando examinamos los números. En las siete encuestas nacionales más importantes realizadas antes de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024, añadir simplemente entre 10 y 52 respuestas falsas generadas por IA habría sido suficiente para cambiar completamente el resultado predicho.

Para ponerlo en perspectiva, a cinco centavos por respuesta, esto hubiera costado entre cinco dólares y dos dólares y sesenta centavos. El costo de sabotaje es ínfimo.

Westwood demostró esto experimentalmente, cuando el sistema de IA fue programado para favorecer a demócratas, la aprobación presidencial saltó del 34% al 98%. Cuando fue programado para favorecer a republicanos, cayó a 0%. El apoyo genérico pasó del 38% republicano al 97% o al 1%, dependiendo de cómo fue programado el sistema de IA. Esto es manipulación total de la percepción pública.

Los participantes humanos típicamente ganan 1.50 dólares por completar una encuesta. Los bots de IA pueden completar la misma tarea prácticamente gratis o por aproximadamente cinco centavos.

Lo más preocupante es que ya está ocurriendo. Un estudio de 2024 encontró que el 34% de los encuestados habrían utilizado IA para responder preguntas de respuesta abierta en encuestas.

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Samuel “Chiche ”Gelblung: El detector de mentiras

*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV


Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.

Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.

Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.

Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.

Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.

“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.

Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.

Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.

“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.

Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.

— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín

Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.

Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.

Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.

La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.

— “Chiche” y Pedrini

Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió. 

Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.

HUMOR por Argüelles​

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