La bronca de Alfredo Casero con la gestión de Milei: “No era lo que habíamos votado”
El actor enfureció en las redes sociales al conocer que “El Dipy” tendría un cargo dentro del Gobierno, algo que fue desestimado por la propia ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello.
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Fueron muchas las repercusiones al conocerse que el cantante David Martínez, más conocido como “El Dipy”, sería designado con un cargo dentro del área de Cultura, que compete al Ministerio de Capital Humano, sobre todo en las redes sociales, en donde el actor Alfredo Casero, también mostró su furia.
En las últimas horas, el artista utilizó su cuenta de X para mostrar su enojo con la gestión libertaria y apuntó directamente contra el presidente Javier Milei, a quien fervientemente apoyó durante la campaña electoral.
“Debemos pagarle a este inútil, que a la cultura aportó una garcha, que todos sabemos que es un trepador y un bocón, Inútil en todos los términos. Me parece un horror, y no era lo que habíamos votado…”, escribió el humorista ante una nota del diario Clarín en donde anunciaban la designación del cantante.
El hecho provocó mucho revuelo, ya que Martínez, que fue candidato a intendente de La Matanza con La Libertad Avanza y quedó segundo detrás del actual jefe comunal el peronista Fernando Espinoza. Hacía rato estaba esperando un cargo dentro del Gobierno en cuestiones “territoriales” indicaron desde Casa Rosada.
TRAS LAS CRÍTICAS, EL GOBIERNO DIO MARCHA ATRÁS
Sin embargo, al parecer la propia ministra Sandra Pettovello decidió dar marcha atrás con el ingreso del cantante de cumbia al área de Cultura, debido a sus antecedentes por violencia de género contra su ex pareja, Mariana Diarco, que incluso se dirimieron en la Justicia.
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*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV
Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.
Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.
Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.
Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.
Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.
“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.
Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.
Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.
“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.
Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.
— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín
Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.
Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.
Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.
La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.
— “Chiche” y Pedrini
Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió.
Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.
Murió a los 82 años. Firmó su propia alta para volver al aire, condujo en silla de ruedas y dejó dos valijas hechas para viajar al Mundial. La despedida de Crónica al periodista que le enseñó a preguntar.
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