FRACASO PROGRE: “Blancanieves” se hunde en taquilla

La producción se quedó por debajo de las expectativas de taquilla y estuvo marcada por múltiples controversias: solo recaudó 3,5 millones de dólares.
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Disney lanzó su remake en acción real de “Blancanieves” y registró uno de los desempeños más bajos en la historia del estudio. A pesar de contar con un presupuesto que informes ubican entre 240 y 300 millones de dólares (con un reembolso fiscal de 55,5 millones del Gobierno británico, lo que redujo el gasto neto a unos 213,9 millones), la cinta recaudó solo 3,5 millones de dólares en sus vistas previas del jueves y llegó a 87,3 millones en su debut mundial, lejos de los 100 millones que la compañía había proyectado. De esa cifra, 43 millones provinieron de Estados Unidos y Canadá, mientras que 44,3 millones correspondieron al mercado internacional, ubicándola de momento como la sexta película más taquillera de 2025.

El resultado supuso un revés financiero para Disney, que necesitaba al menos recaudar entre 428 y 600 millones de dólares para no entrar en pérdidas. Analistas estimaron que, de no superar la barrera de los 428 millones, las pérdidas podrían rondar entre 50 y 100 millones de dólares. Escenarios más pesimistas, basados en comparaciones con otros remakes como “La Sirenita” (2023), advirtieron que si la recaudación bajaba de 400 millones, Disney podría perder más de 100 millones, y, si se quedaba en 300 millones, las pérdidas podrían superar los 150 millones.

La cinta generó controversia antes y después de su estreno. Rachel Zegler, catalogada como actriz “progresista” e “izquierdista” en redes sociales, recibió críticas por calificar la versión animada de 1937 de “extremadamente anticuada en cuanto a la idea de que las mujeres ocupen roles de poder”. Además, Zegler comentó que “tenía miedo de la película original cuando era niña”. Estas declaraciones, sumadas a su postura de “Free Palestine” en redes, contrastaron con la de Gal Gadot —israelí y defensora de su país— y provocaron desencuentros entre ambas actrices por sus opiniones políticas sobre el conflicto en Gaza.

El filme, dirigido por Marc Webb, se anunció como una adaptación más inclusiva que la original de 1937, pero terminó recibiendo críticas por cambios considerados superficiales. Blancanieves, interpretada por Zegler, ya no fue definida por su tez “blanca como la nieve”, sino por la anécdota de una tormenta que la marcó en la infancia. El príncipe se transformó en un ladrón al estilo Robin Hood y la icónica canción “Someday My Prince Will Come” desapareció del metraje. También se sustituyó a los siete enanitos por “criaturas mágicas” generadas por computadora. Este último punto fue muy cuestionado por seguidores y actores como Peter Dinklage, quien señaló que Disney “siguió contando esa historia tan retrógrada sobre siete enanitos viviendo juntos en una cueva” mientras presumía de progresismo.

Las críticas de la prensa no fueron menos contundentes. Medios especializados como The Hollywood Reporter situaron su recaudación de estreno en menos de 50 millones en Estados Unidos. Rotten Tomatoes arrojó un 44% de aprobación, mientras en IMDb la puntuación se ubicó en 2,4/10. Brian Viner, de Daily Mail, la describió con dos estrellas y sostuvo que “las intenciones de Disney de no ofender a nadie han logrado ofender a todos”. The Times of London la llamó “un bajo absoluto para la destrucción cultural” y The Guardian la calificó de “innecesaria”. En tanto, el hijo del director original de “Blancanieves” arremetió contra este live action al considerar que “la magia de la película original se ha perdido”.

En un intento por reducir la presión mediática, Disney optó por estrenos de menor perfil. El acto principal se realizó en el castillo de Segovia, España, inspiración para la película animada de 1937, sin alfombra roja ni presencia masiva de la prensa. Mientras tanto, Gal Gadot y Rachel Zegler protagonizaron tensiones que se sumaron a las polémicas en torno al proyecto.

A pesar de todas las controversias, la cinta se posicionó como la sexta película más taquillera de 2025 en su fin de semana de debut. Sin embargo, su recaudación inicial de 87,3 millones de dólares quedó 12,7 millones por debajo de la expectativa de Disney. Analistas y observadores coincidieron en que la compañía necesitaba un éxito rotundo para justificar el elevado presupuesto y los gastos de promoción. En medio de este panorama, trascendió que Zegler fue seleccionada para encarnar a Eva Perón en el musical “Evita”, hecho que causó comentarios irónicos en redes, al recordar que la figura argentina era “verdaderamente ‘blanca como la nieve’”.

La empresa, que ya había enfrentado dificultades con otros remakes live action, afrontó un escenario de pérdidas potencialmente millonarias. Queda por ver si el filme logrará un repunte en las próximas semanas o si, como auguraron varios críticos, terminará como uno de los mayores fracasos de Disney en los últimos años.

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Casielles estrenó “Proyecto C”, un late night argentino contra la soberbia del poder

Eugenio Casielles eligió la noche del domingo y un terreno ajeno a la televisión tradicional para lanzar su nuevo proyecto. A las 22, el diputado de la Ciudad estrenó “Proyecto C”, un programa con formato de late night a la argentina que en su primera emisión apuntó sin rodeos contra Javier Milei y su círculo más cercano.

La soberbia fue el hilo conductor del debut, abordada como un rasgo personal del Presidente y también por el impacto que tiene sobre la política. Para desarmar el tema, Casielles convocó a los comunicadores e influencers El Presto y Álvaro Zicarelli, además de Kevin Grunbaum, analista en comunicación que se ocupó de medir el nivel de soberbia que atraviesa hoy a la dirigencia.

El conductor abrió el programa con definiciones duras sobre la actitud del jefe de Estado y la falta de credibilidad de sus anuncios. Junto a sus invitados repasó la reciente comunicación del Gobierno sobre Malvinas, y la mesa llegó a una conclusión categórica: “A Milei no le importa la soberanía del país”.

La soberbia: ¿siempre tenemos razón? | Proyecto C #01

La soberbia se sienta a la mesa. Eugenio Casielles presenta el primer capítulo de Proyecto C con El Presto, Álvaro Zicarelli y Kevin Grunbaum. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer que podemos estar equivocados? ¿Escuchamos para entender o solamente para tener razón?

Sobre esa línea, Casielles planteó si un admirador de Margaret Thatcher está en condiciones de defender los intereses nacionales en el Atlántico Sur. Para sostener la pregunta recordó actos de campaña en los que Milei no quería que se cantara el himno ni que se exhibieran banderas de las islas, y remató con una frase que dejó flotando sobre el estudio: “no es el primer presidente que trata de prostituir una causa para ganar las elecciones”.

Entre las secciones fijas del ciclo sobresale la “Carta al presidente”, un espacio en el que el legislador le habla directamente a Milei. En la primera entrega, el mensaje fue claro: “Recordá que no sos la Argentina. No sos la República. Sos un empleado al que ‘contratamos’ durante un tiempo para una responsabilidad enorme”.

Casielles se permitió además un pasaje de tono irreverente, en el que colocó al mandatario frente al paso del tiempo y a figuras centrales de la historia nacional: “Javier, no sos indispensable, este país vio pasar a hombres como Sarmiento, Roca, Rosas… Todos pasaron. La única que siguió en pie fue la Argentina”.

La propuesta de “Proyecto C” se apoya en la idea de hablar sin filtros e incomodar cuando haga falta. Con un formato que se aparta del molde de los programas de actualidad, el ciclo promete sumar en cada edición una rotación de invitados picantes que alimenten la discusión.

Samuel “Chiche ”Gelblung: El detector de mentiras

*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV


Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.

Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.

Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.

Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.

Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.

“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.

Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.

Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.

“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.

Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.

— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín

Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.

Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.

Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.

La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.

— “Chiche” y Pedrini

Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió. 

Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.

HUMOR por Argüelles​

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