Escrachan por ACOSO SEXUAL al actor ultra K Gerardo Romano

La actriz Paula Di Chello denunció que el actor realizaba acciones contra ella que no "estaban guionadas": "Me puso contra la pared y me mordió la boca", recordó Di Chello quien ahora se alejó de actuación y se volcó a la escritura.
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Durante un programa del ciclo Mamás Felices, la actriz Paula Di Chello recordó un horrible episodio vivido durante las grabaciones de “Se dice amor” y acusó al actor, Gerardo Romano, de abuso sexual.

“En una de las escenas, en un pasillo, no estaba guionado, me pone contra la pared, me muerde la boca y me hace sangrar… me dijeron que debería haberlo denunciado”, relató la actriz.

La respuesta de Romano: “Me gustan las mujeres que me gustan, que responden a un canon de belleza que ella no tiene” y agregó, “No debe tener un mango, no voy a perder tiempo”.

Di Chello aclaró que el actor nunca le pidió disculpas, sino todo lo contrario: “Me empujó y me dijo ‘sos una boluda’, nada más, porque seguramente no habré reaccionado como esperaba. Pero yo dejé que siguiese la escena porque eso te indican como actor”.

“Esa escena salió al aire, está grabada”, señaló la intérprete y agregó: “nadie dijo nada. Yo llamé a mi representante y le dije que no iba a poder seguir”. Además, sostuvo que otras personas le dijeron que “él era así, que era su forma de ser”.

“Él me perseguía por los pasillos, me sacaba el celular cuando hablaba con mi mamá y le decía ‘suegra’… él debe decir que ni se acuerda, pero por suerte está grabado”, expresó y aseguró que todo eso la hizo alejarse de la actuación.

Más tarde, en diálogo con Intrusos, Paula dijo: “No pude hablar mucho del tema durante muchos años. Lo hablaba privadamente. Era una época en que no se podía hablar de eso. Se te aconsejaba que vos tenías que adaptarte a lo que había, que el mundo era machista, y más el medio. Me daba vergüenza, me sentí muy humillada”.

“No había escena de besos, él inventó el beso y, además, la mordida”, detalló sobre la escena. Por otro lado, lo tildó de “persona violenta” y “maltratador”. “Lo que pasó fue un abuso de poder”, aseguró.

La respuesta de Romano

Por su parte, el actor dijo no conocerla, o no recordarla, y aseguró: “Fui un tipo muy seductor, con mucha prensa, decían que era un sex symbol, cosas por el estilo. Así que yo no perseguí nunca a nadie por ningún pasillo, por personalidad y por cómo me iba. Me han perseguido, sí”.

“Con respecto al beso, eso es parte de la novela. Esa escena no tiene nada de ilícito. Hacía de violento, de hijo de puta, tenía que hacer eso. Yo hacía de malo”, continuó y al ser consultado respecto a los dichos de Paula sobre que la escena no estaba guionada, dijo: “No… si está el director… no, que no haga interpretaciones”.

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“No soy un violín ni un acosador. Tengo 76 años y no tengo ninguna acusación ni denuncia de nada”, sostuvo. Asimismo, aseguró no saber quién es Di Chello y la acusó de “busca fama, no le ha ido muy bien porque no la he visto más en ningún lado”.

“Me gustan las mujeres que me gustan, que responden a un canon de belleza que ella no tiene“, expresó y descartó tomar acciones legales contra la intérprete: “No debe tener un mango, no voy a perder tiempo”.

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Samuel “Chiche ”Gelblung: El detector de mentiras

*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV


Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.

Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.

Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.

Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.

Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.

“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.

Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.

Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.

“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.

Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.

— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín

Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.

Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.

Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.

La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.

— “Chiche” y Pedrini

Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió. 

Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.

HUMOR por Argüelles​

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