El barco náufrago que se convirtió en una magnífica RESERVA NATURAL

En 1971 un ciclón que golpeó la costa del norte de Queensland destruyó gran parte de su casco y desde ese entonces este barco australiano fue poblándose paulatinamente de manglares. La naturaleza se abre paso.
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Frente a las costas de Australia, un barco de vapor del siglo XIX ha sido invadido por árboles. Lo que hoy luce como una instalación diseñada cuidadosamente se trata en realidad de los restos del SS City of Adelaide, que navegó los mares por más de 50 años antes de encallar. La historia de este naufragio, ubicado en Cockle BayMagnetic Island, es tan fascinante como sus años explorando los mares. 

Lo que ahora parece ser una hermosa isla artificial creada por el hombre con alevosía y ventaja, es en realidad una muestra de la gran fuerza de la naturaleza para reclamar lo que le pertenece. Frente a las costas de Australia yace en medio de la jungla, un barco náufrago del siglo XIX, el SS City of Adelaide, que esconde detrás una gran historia. 

Australia se caracteriza por ser una nación megadiversa. Gracias a sus características de isla gigante ubicada en Oceanía, sus regiones desarrollaron formas de vida que sólo pueden avistarse en aquel punto del globo terráqueo. La mayor parte de su periferia está rodeada de mar, por lo que los barcos formaron parte importante para llegar hasta ella en épocas antiguas. No es extraño saber de barcos que quedaron varados a sus alrededores, pero la historia del SS City of Adelaide es especial. 

LA HISTORIA DETRÁS DEL NAUFRAGIO:

El barco de vapor construido en el siglo XIX, llegó a Australia desde la lejana ciudad de Glasgow, Escocia, en 1863. Inicialmente se encargaba de transportar pasajeros entre destinos como MelbourneSydney y Honolulu. Aunque más tarde tuvo que persistir de esta tarea y se le reacondicionó para utilizarse como velero. Luego de casi 30 años de servicio en las aguas marinas australianas, el SS City of Adelaide pasó a transformarse en una bodega de carbón y toda clase de mercancía. Y aquí es donde comienzan sus tragedias. 

Casi medio siglo después de haberse construido, el barco fue objeto de un gran incendio accidental en 1912. Según los archivos, el navío ardió en llamas durante varios días hasta que las llamas perdieron su fuerza y se extinguieron. Quedó visiblemente afectado y completamente inservible para continuar con sus labores de traslado. Pero George Butler, un residente de Magnetics Island, vio una nueva tarea para el navío y con el afán de usarlo como rompeolas para su pequeño embarcadero decidió comprarlo. 

Lamentablemente no llegó hasta su destino pues mientras lo remolcaban, el SS City of Adelaide encalló en Cockley Bay. Desde entonces el barco náufrago permanece ahí, sobre las aguas bajas frente a las costas de Australia. Con el paso de los años el deterioro es cada vez más evidente para una estructura que ya de por sí atravesó por una larga historia. No obstante, la naturaleza lo ha ido llenando de vida de a poco. 

LA FUERZA DE LA NATURALEZA:

El cadáver de lo que alguna vez fuera un imponente navío, está ahora cubierto de manglares. Es la prueba misma de que la naturaleza reclama con fuerza lo que le pertenece y de que cuando se le deja tranquila, es capaz de desaparecer la huella humana. Poco a poco, los manglares se adueñaron del náufrago y han creado una obra natural que resalta por su enorme belleza. 

Como si se tratara de una isla artificial en medio de la jungla, el barco ahora yace en las aguas bajas de Cockley Bay. No está solo, forma parte de un grupo de al menos otros 20 barcos que naufragaron y que ahora pertenecen a la Madre Tierra. Y aunque han sido golpeados por ciclones y sus estructuras creadas por humanos cada día están más desgastadas, la naturaleza se ha encargado de llenarlos de vida.   


*Fuente: EcoOsfera


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Samuel “Chiche ”Gelblung: El detector de mentiras

*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV


Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.

Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.

Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.

Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.

Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.

“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.

Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.

Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.

“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.

Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.

— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín

Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.

Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.

Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.

La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.

— “Chiche” y Pedrini

Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió. 

Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.

HUMOR por Argüelles​

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