Cuando Stalin condenó a morir de inanición a más de 4 millones de ucranianos

Los orígenes de la hambruna que provocó el genocidio yacen en la decisión del líder soviético Joseph Stalin para colectivizar la agricultura en 1932. Durante el periodo hubo más de 4 millones de muertos por hambre.
rafaela-biazi-470405-unsplash.jpg
10 Years Experiences

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Ut elit tellus, luctus nec ullamcorper mattis, pulvinar dapibus leo.

Los orígenes de la hambruna que provocó el genocidio yacen en la decisión del líder soviético Joseph Stalin para colectivizar la agricultura en 1932. Durante el periodo hubo más de 4 millones de muertos por hambre.

La situación de los campesinos ucranianos comenzó a ser desoladora a comienzos de la primavera de 1932. Apenas había alimentos básicos que llevarse a la boca; a los niños les hinchaba el estómago a causa del hambre y muchas familias se vieron obligadas a subsistir a base de una dieta de hierba y bellotas. La Unión Soviética, ese mecanismo infalible, igualitario, que había puesto en marcha los planes de colectivización agraria, patinaba en sus políticas. Sus camaradas sucumbían ante la escasez, ¿y qué se hizo desde Moscú? Nada, simplemente tapar las muertes con silencio.

Algunos campesinos, ya sin nada a lo que agarrarse, escribieron al Kremlin en busca de una solución divina: “Honorable camarada Stalin, ¿hay alguna ley del Gobierno soviético que establezca que los aldeanos deban pasar hambre? Porque nosotros, los trabajadores de las granjas colectivas, no hemos tenido una rebanada de pan en nuestra granja desde el 1 de enero (…) ¿Cómo vamos a construir la economía del pueblo socialista si estamos condenados a morir de hambre? ¿Para qué caímos en el frente de batalla? ¿Para pasar hambre? ¿Para ver a nuestros hijos sufrir y morir de inanición?”.

Sin embargo, las respuestas nunca llegarían. El balance final sería escalofriante: entre 1931 y 1934 al menos cinco millones de soviéticos murieron de hambre. Ese período se ha definido como Holodomor, un término derivado de las palabras ucranianas hólod (hambre) y mor (exterminio). Y es que si hubo un lugar en el cual las muertes se registraron de forma imparable -también dentro de su élite política e intelectual-, ese fue Ucrania, con más de cuatro millones de víctimas. Estos asesinatos -por dejación en unos casos, premeditados en otros- no tuvieron nada que envidiarle a las purgas de Stalin.

Sobre estos oscuros acontecimientos gira la última obra de la aplaudida escritora Anne Applebaum, Hambruna Roja, un relato minucioso, basado en multitud de testimonios y archivos clasificados, de cómo las políticas articuladas desde el Kremlin fueron las propias causantes del exterminio humano, por mucho que quisiese ocultarse.

Y de ahí se arrastran conflictos que todavía permanecen en el presente: “La combinación de estas dos políticas -el Holodomor en el invierno y la primavera de 1933, y la represión de la clase intelectual y política ucraniana en los meses posteriores- dio lugar a la sovietización de Ucrania, la destrucción de su idea nacional y la castración de cualquier intento ucraniano de desafiar la unidad soviética”, sostiene la Pulitzer en la categoría de no ficción por Gulag.

Applebaum ha sido capaz de construir una escalofriante travesía por el sufrimiento al que hubo de enfrentarse esta gente, sola, desamparada, sin nada que comer y a la que no se le permitió huir a otras zonas más prósperas. Los testimonios que se van encadenando en el libro son puro dolor, inhumanidad, que describen comportamientos impensables para el ser humano, como cuando en las zonas rurales se generalizó el canibalismo “incluso hay registrados de padres que devoraban a sus hijos” o la necrofagia, el consumo de cadáveres que habían fallecido de inanición.

Resulta escalofriante la historia de una señora de cincuenta años, que habitaba en el distrito de Bohuslavski, y le cortó el cuello a un niño de doce años para descuartizarlo. Cuando un vecino la vio con los órganos y otras partes del cuerpo del joven, se tragó la película de que procedían de un ternero. Cocinaron para toda la familia, se comieron el corazón asado y cuando el anciano rebuscó en la bolsa para ver qué cachos más de carne podían ser desaprovechados, se topó con la realidad.

El hambre llegó a un nivel semejante que muchos ucranianos se vieron impulsados a actitudes salvajes. Esos efectos de la hambruna los describió el escritor Vasili Grossman en Todo fluye: “Al principio el hambre te echa de casa. Primero es un fuego que te quema, te atormenta, te desgarra las tripas y el alma: el hombre huye de casa (…) Luego llega el día en que el hambriento vuelve atrás, se arrastra hasta casa. Esto significa que el hambre le ha vencido, aquel hombre ya no se salvará. Se mete en la cama y permanece tumbado. Una vez el hambre lo ha vencido, el hombre ya no se levantará, no solo porque ya no tenga fuerzas: le falta interés ya no quiere vivir. Se queda tumbado en silencio y no quiere que nadie lo toque. El hambriento no quiere comer (…) no quiere que le molesten: quiere que le dejen en paz”.

Estatua dedicada a las víctimas del Holodomor

Mijaíl Shólojov, otro novelista soviético de renombre, remitió a Stalin varias cartas en las que describía este fenómeno, visto con sus propios ojos en algunas zonas rurales del Cáucaso septentrional: “Los kolsojianos y los granjeros particulares se están muriendo de hambre a partes iguales; los adultos y los niños están hinchados y comen cosas que ningún ser humano debería comer jamás, desde carroña hasta la corteza de los robles y todo tipo de raíces embarradas”. En otros escritos posteriores, Shólojov también se quejaba al líder soviético de las purgas del Partido Comunista entres sus afiliados de base.

“Usted solo ve un asunto de la cuestión”, le respondió Stalin. “Los productores de cereal de su región (y no solo de la suya) están llevando a cabo un sabotaje y dejando al Ejército rojo sin cereal”.

Esos hombres, granjeros aparentemente inofensivos, estaban, según su versión, librando “una guerra silenciosa contra el poder soviético”. La única explicación que dio Stalin, como bien señala Applebaum, fue agarrarse a las teorías conspirativas: “Los que se estaban muriendo de hambre no eran inocentes, al contrario, eran traidores, saboteadores, estaban conspirando para debilitar la revolución proletaria”.

Prisioneros en un Gulag

El pasado domingo se conmemoró en Ucrania el 86 aniversario del Holodomor.

El presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskiy, dijo que la humanidad aún no tiene palabras para describir el dolor que sintieron los ucranianos durante la hambruna.

“Hoy rendimos homenaje a las víctimas del Holodomor, el crimen de genocidio perpetrado por el régimen estalinista totalitario contra nuestro pueblo, contra el pueblo de Ucrania”, expresó Zelenskiy.

*Fuente: El Español

Search

Unite a nuestro grupo de Telegram, donde te compartimos las noticias más importantes.

Casielles estrenó “Proyecto C”, un late night argentino contra la soberbia del poder

Eugenio Casielles eligió la noche del domingo y un terreno ajeno a la televisión tradicional para lanzar su nuevo proyecto. A las 22, el diputado de la Ciudad estrenó “Proyecto C”, un programa con formato de late night a la argentina que en su primera emisión apuntó sin rodeos contra Javier Milei y su círculo más cercano.

La soberbia fue el hilo conductor del debut, abordada como un rasgo personal del Presidente y también por el impacto que tiene sobre la política. Para desarmar el tema, Casielles convocó a los comunicadores e influencers El Presto y Álvaro Zicarelli, además de Kevin Grunbaum, analista en comunicación que se ocupó de medir el nivel de soberbia que atraviesa hoy a la dirigencia.

El conductor abrió el programa con definiciones duras sobre la actitud del jefe de Estado y la falta de credibilidad de sus anuncios. Junto a sus invitados repasó la reciente comunicación del Gobierno sobre Malvinas, y la mesa llegó a una conclusión categórica: “A Milei no le importa la soberanía del país”.

La soberbia: ¿siempre tenemos razón? | Proyecto C #01

La soberbia se sienta a la mesa. Eugenio Casielles presenta el primer capítulo de Proyecto C con El Presto, Álvaro Zicarelli y Kevin Grunbaum. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer que podemos estar equivocados? ¿Escuchamos para entender o solamente para tener razón?

Sobre esa línea, Casielles planteó si un admirador de Margaret Thatcher está en condiciones de defender los intereses nacionales en el Atlántico Sur. Para sostener la pregunta recordó actos de campaña en los que Milei no quería que se cantara el himno ni que se exhibieran banderas de las islas, y remató con una frase que dejó flotando sobre el estudio: “no es el primer presidente que trata de prostituir una causa para ganar las elecciones”.

Entre las secciones fijas del ciclo sobresale la “Carta al presidente”, un espacio en el que el legislador le habla directamente a Milei. En la primera entrega, el mensaje fue claro: “Recordá que no sos la Argentina. No sos la República. Sos un empleado al que ‘contratamos’ durante un tiempo para una responsabilidad enorme”.

Casielles se permitió además un pasaje de tono irreverente, en el que colocó al mandatario frente al paso del tiempo y a figuras centrales de la historia nacional: “Javier, no sos indispensable, este país vio pasar a hombres como Sarmiento, Roca, Rosas… Todos pasaron. La única que siguió en pie fue la Argentina”.

La propuesta de “Proyecto C” se apoya en la idea de hablar sin filtros e incomodar cuando haga falta. Con un formato que se aparta del molde de los programas de actualidad, el ciclo promete sumar en cada edición una rotación de invitados picantes que alimenten la discusión.

Samuel “Chiche ”Gelblung: El detector de mentiras

*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV


Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.

Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.

Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.

Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.

Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.

“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.

Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.

Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.

“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.

Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.

— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín

Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.

Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.

Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.

La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.

— “Chiche” y Pedrini

Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió. 

Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.

HUMOR por Argüelles​

LO MÁS IMPORTANTE

TWEET DEL DÍA

Tevero liberavisse
comprehensam nec.

Copyright 2023 © Data 24 - Todos los derechos reservados
Data 24.com.ar © Copyright 2025

Subscribe Now