Abuelas del rencor, el relato y la mentira

Dos mujeres cuyos pensamientos muestran lo pequeña que son como personas y lo mezquinas que son de alma...
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10 Years Experiences

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*Por: Rubén Lasagno

Da una sensación realmente desagradable y particularmente odiosa, leer hoy en la prensa nacional (que a su vez les da espacio a estos personajes) que Estela de Carlotto, una abonada, no solo al relato K sino a las prebendas que le dio el régimen por 12 años (hoy restablecidas), usa su discurso mal intencionado, maquiavélico, desubicado y profundamente falaz para hacer una apuesta contrafáctica señalando “Con el gobierno anterior no se cuántos moriríamos”.

Una escapada mental chiquita de la partidocracia que engendra el kirchnerismo sesgado de la realidad. Una concepción irrelevante de una mujer convencida de estar haciendo una revelación política, trazando una línea entre “éste gobierno” y el “otro gobierno”, cuando en el país y el mundo hay un enemigo común casi tan minúsculo como ella, que ha borrado todo vestigio de diferencias ideológicas y partidarias o al menos las ha atenuado de un modo magnífico, porque hoy el relato es absolutamente estéril y vacío de todo contenido y necesidad, ante lo irremediable de la muerte, que inclusive le puede llegar a ella, a menos, claro que se crea inmune (impune ya lo es).

La otra oportunista de los DD.HH a los cuales se monta sin coartada que le permita explicar el uso indebido y los negocios que hace desde de los pañuelos blancos hace tantos años, es Hebe de Bonafini un inefable personaje de historieta negra surgido de los pañuelos blancos a los que manchó por 12 años con sueños que no compartía con nadie más que con el socio parricida, no tuvo mejor idea que pedirle al presidente “que indulte a los presos políticos”.

Traduciendo a Bonaffini, lo que le quiso decir es “Presidente, hoy tiene la oportunidad histórica, aprovechando el coronavirus que no me importa un carajo (quiero enfatizar el lenguaje procaz de la septuagenaria), de dictar la conmutación de pena de los chorros K que aún quedan entre las rejas”.

La aborrecible mujer que con sus discursos enloda a instituciones, personas y autoridades con total impunidad y sin techo ni piso, aún en la peor crisis humanitaria que atraviesa el país y el mundo, sigue pensando en las minucias partidarias y egoísmos sectarios, e insiste en que el presidente, el mismo al que le preguntó de qué lado estaba, se ocupe de indultar a los delincuentes que se encargaron de vaciar el país, muchos de los cuales siguen caminando entre nosotros, libres de cualquier justicia humana y solo quedándole al país que la justicia divina opere el milagro de proveerles el verdadero castigo.

Dos mujeres ancianas cuyos pensamientos deberían ser orientativos de los más jóvenes, pacificadores, alentadores y reivindicadores de la comunión social, la paz y la reflexión de todos los argentinos en estas críticas horas por la que transitamos, muestran lo pequeña que son como personas, lo mezquinas que son de alma y nos asegura que la edad no siempre trae enseñanzas con la experiencia de vida, también puede engendrar estupidez, egoísmo, rencor y que las canas no siempre son amigables con la verdad y pueden seguir contaminadas con el relato, las mentiras y las ideologías baratas, de esas que se moldean según la cantidad de monedas que les pongan en el bolsillo.

*Fuente: Agencia OPI Santa Cruz


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Samuel “Chiche ”Gelblung: El detector de mentiras

*Por Facundo Pedrini – Director de noticias de Crónica TV


Hombre primicia. Hombre tapa. Hombre record. Hombre intuición. Portador de la licencia del olfato. Aguijón definitivo de la realidad de los últimos 50 años. Fue popular. Fue masivo. Fue meme. Usó el detector de mentiras contra la eternidad y se quedó con la última pregunta.

Fue Crónica antes que Crónica: Un posgrado en periodismo social que termina en él, pero no con él. Porque las misiones trascienden a los mitos.

Lo internaron 20 veces. Lo dieron por muerto 21. Creó presidentes. Tiró presidentes. Le hizo una autopsia en vivo a un extraterrestre y cinco entrevistas a Milei. Y a los dos los dejó en silencio. A Cristina le preguntó si tenía novio cuando todavía se vestía de negro. Porque sí. Porque podía.

Dueño de todas las culpas de ese viejo periodismo que todavía duda como un niño: fue el que mejor decodificó la distancia entre las viudas y el milagro. Preguntó, cuestionó, desnudó. Algo que no hace la IA ni la precarización.

Su cabeza duró más que su cuerpo. Como los relojes pulsera de los soldados que siguen viviendo en la muñeca de los fusilados.

“Me quiero morir en cámara” me dijo la primera vez que lo internaron.

Existe algo entre los finales y la muerte y son las preguntas. Chiche tenía de todo. Visitaba más especialistas que los que una cartilla de obra social podía imprimir. Tuvo más internaciones que programas en el año. Por una infección urinaria, por un paro cardíaco, por un infarto de pie, por una trombosis descontrolada que le tapaba un par de arterias, por fiebre alta, por precaución , por las dudas y por qué los mejores a veces se apagan en cuotas.

Cuando lo recibieron la última vez no podía hablar ni pisar.

“Me voy a escapar por la ventana, necesito volver”, me dijo la última vez que lo guardaron. La cama nunca es una opción para los cazadores: Chiche respiraba solo cuando perseguía a la Argentina.

Chiche se cayó varias veces y jamás se derrumbó. Lo que más le importaba estaba afuera de sí mismo. Y como el peligro saca lo peor del mundo pero lo mejor de los periodistas, llenó la angustia de la espera con novedades populares: del retiro de Messi al cierre de los locales de calle Avellaneda.

— Gelblung en una foto histórica de su carreta, en Vallegrande, Bolivia, durante la cobertura periodística en busca del cadáver del Che Guevara. Archivo Clarín

Los últimos 45 días el cuerpo de Chiche fue un bingo llena de médicos que jugaban varios cartones a la vez, como las viudas terminales que esperan que el bolillero frene el tiempo.

Le hicieron firmar un papel de consentimiento informado para que la muerte sea culpa suya y le dieron el alta. Volvió en silla de ruedas para contar un mundial, gritó sin voz y con el puño al aire los goles contra Inglaterra y pidió viajar a la final. Chiche quería firmar una declaración de responsabilidad y subirse a un avión para contar al lado.

Chiche solo caminaba a través de sus planes, fantaseaba con muletas que el tiempo le alejaba, pero tenía todo pensado y dos valijas hechas: un pijama de verano, un par de tiradores, un coctel de pastillas para la presión y una cuarta estrella explotándole en el corazón.

La distancia entre él y la muerte siempre se midió en ideas y el riesgo existió para que él lo persiguiera. Chiche no fue solo un elogio del peligro, también fue una provocación generacional. La revancha de los viejos de la guerra del cerdo: cubrió todo mejor que los jóvenes y vivió en la sombra de lo sagrado. “No hay que tirar ni al pobre, ni al inmigrante, ni al refugiado ni a los viejos”, decía Francisco. Descartar es perder el alma y perderse una nota.

— “Chiche” y Pedrini

Chiche fue algo que la sociedad va a seguir pidiendo: la seguridad que dan los viejos. Recordar un desde dónde para que no nos explote la bomba en la memoria. Chiche fue una certeza y la previsibilidad que la Argentina perdió. 

Lo que Chiche decidió contar será para siempre el lugar desde donde eligió pelear y un toque de queda a la lógica de los medios: demuestra que periodista no solo se nace, también se muere.

HUMOR por Argüelles​

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