*Por: Rogelio López Guillemain

“Juntos podemos prevenir que el genocidio ocurra de nuevo. Juntos podemos hacer un mejor futuro para nuestros niños”

Dith Pran

Digo minoritaria porque, más allá de la opinión que cada quien tenga sobre el aborto, plantear este tema en medio de la dramática crisis que estamos viviendo; con un sistema de salud sin inversión, una impunidad absoluta para con los delincuentes comunes y los corruptos, una educación destruida e invadida por el lavado de cabeza y niveles de pobreza inimaginables; hablar en este momento de aborto es mínimamente desubicado.

Esta obsesión abortista sólo es comprensible desde lo ideológico, desde la estrategia política (para correr el foco de atención a los desastres que vivimos) o desde la imposición de una agenda foránea (requisito sine qua non para recibir dólares de las organizaciones internacionales).

Los defensores del derecho al aborto, al que “bautizan” con el escurridizo eufemismo posmodernista (dialéctica negadora de la realidad) de “interrupción del embarazo”, esgrimen distintas justificaciones, entre las más frecuentemente encontramos: el embarazo adolescente no deseado, las violaciones, el derecho a disponer de su cuerpo por parte de la mujer y el estado embrionario como una etapa pre-humana.

Algunos de estos argumentos hacen referencia a problemas muy graves y delicados que deben ser abordados con seriedad y firmeza, pero que no abordan la cuestión esencial. La pregunta que debemos responder es: ¿Cuándo tiene origen la vida humana?

Desde la ciencia la respuesta es clara y terminante: “la vida comienza desde el momento de la concepción”, al momento de la concepción se conforma un ser humano nuevo, con un genotipo propio, individual y diferente al de sus progenitores.

Por su parte, los defensores del derecho al aborto, en un manoseo dialectico sin lógica e intelectualmente deshonesto, formulan distintos momentos del comienzo de la vida humana: desde que comienza a latir el corazón, con el desarrollo neuronal o desde que el no nato es viable. Ya esta falta de acuerdo de por sí sobre el instante en el que “aparece” un ser humano, muestra la inconsistencia del planteo. “Inventar” un “origen de la vida humana”, eligiendo arbitrariamente un momento dentro del desarrollo evolutivo de un ser que, en esencia, no cambia su naturaleza ni su huella cromosómica, muestra la ausencia de un argumento lógico o científico.

La tesis que toma el momento en que el no nato es viable como límite en el que esta práctica es un aborto o un asesinato, es mínimamente caprichosa. El límite de viabilidad en Uganda y en Suiza es muy diferente, por lo que, siguiendo esta lógica, el inicio de la vida humana sería diferente según el punto geográfico de la embarazada. Lo mismo se aplica al tiempo; en un mismo país el derecho a la vida (a no ser abortado) cambiaría según la evolución histórica de la medicina, terminar con la vida de un no nato en el sexto mes sería un aborto hace un siglo y hoy un asesinato. Es ridículo definir el derecho humano a la vida según el estado de desarrollo de la ciencia.

Otro argumento utilizado es el innegable derecho que tiene la mujer sobre su cuerpo. Pero ese derecho no le da vía libre para disponer del cuerpo de un tercero. Siguiendo ese razonamiento, una madre podría negarse a amamantar a su bebé pues sus mamas son suyas y ella puede disponer de su cuerpo libremente, o podría dejar que su hijo de 5 años juegue con fuego sin interferir pues ella tiene derecho a disponer de su cuerpo. Ridículo.

La violación es quizás, el hecho más aberrante que puede existir y merece el peor de los castigos. Un embarazo fruto de una violación es un tema muy delicado y merece nuestra mayor atención. Se debe promover la denuncia inmediata (momento en el que aún no hay concepción) para poder tomar las medidas médicas necesarias, agilizar el mecanismo de adopción para ese bebé y acompañar a la madre durante el embarazo y después del parto.

Pero un delito (violación) nunca justifica la comisión de otro delito (aborto). Y menos aún contra un tercero inocente. Es como decir que, porque me robaron, tengo el derecho a robarle al vecino, es justificar la ley de la selva.

Por último, está el argumento del embarazo adolescente. Este otro problema tiene directa relación con la destrucción de la familia, la educación en ruinas y la sexualización temprana de los niños promovida por el hedonismo posmodernista imperante. Nuevamente, el derecho a la vida del no nato no puede estar sujeto a la edad de la madre. Siguiendo esta lógica, ¿por qué no sujetarlo a la capacidad económica, al nivel educativo o a su raza? Estas ideas se acercan peligrosamente a las del nazismo.

Preguntas sin respuestas

Hay algo que en lo personal y desde lo analítico aún no he resuelto. El embarazo comienza en el momento en que se implanta el cigoto, pero existe un período “ventana” desde la concepción hasta ese instante. Técnicamente lo que se realice antes de la implantación no es un aborto. Lo mismo sucede, conceptualmente, con la fecundación in-vitro y los embriones congelados. Estos son las cuestiones que creo debemos resolver.

Considero que el debate por el derecho al aborto es el aborto del derecho, el aborto del derecho humano más importante, el derecho a la vida. Su simple debate implica desnaturalizar la esencia de lo que es un derecho en sí mismo y rebajarlo a la mera satisfacción de un deseo, de una necesidad, de la avidez legislativa o de la voluntad de la mayoría (aunque por el momento quienes apoyan el aborto no lo sean).

El reemplazo de la realidad objetiva por la percepción subjetiva, el ataque a los valores de occidente y la pérdida de principios éticos básicos nos están sumergiendo en un periodo decadente y mediocre.

Debemos despertar y tomar las riendas de nuestras vidas y de nuestra Argentina. Debemos asumir la responsabilidad que implica ser ciudadano y entender que si dejamos “la cosa pública” exclusivamente en manos de los políticos, nuestro destino es de pobreza y muerte.