La realidad de los comederos comunitarios en la provincia de Buenos Aires se replica sin importar la localidad. Un Rayo de Esperanza en Ituzaingó, Nueva Esperanza en Ingeniero Budge, las Personitas en Manuel Alberti, Buenas Nuevas en San Francisco Solano, San Lorenzo en San Fernando, Centro Social y Solidario SonRisas en Monte Grande y muchos otros. En la Argentina el hambre no perdona, especialmente en la provincia bonaerense.

“Muchas personas vivían de trabajos temporales en la construcción o en la limpieza doméstica, pero con la cuarentena del año pasado paró todo y se quedaron sin ingresos, y se la rebuscaron para llevar un plato de comida a sus hijos; tenían la necesidad de buscar el mango”, afirmaba Maximiliano Malvelén, de 31 años, al frente del Centro Comunitario 17 de Marzo, en La Matanza, donde de unas 80 familias pasamos a recibir 250 y hasta 300. No damos abasto”.

De lunes a viernes es posible encontrarse con los vecinos de los barrios más humildes que hacen fila para poder retirar comida y llevarla a sus casas y así poder alimentar a sus hijos. Sin la ayuda del gobernador de la provincia, Axel Kiccillof, los ciudadanos se ven en la necesidad de recurrir a los comederos comunitarios.

Según datos oficiales el año pasado al 42% de los 45 millones de habitantes. De las cuales, el 40% vive de la economía informal y su trabajo se ha encuentro restringido con el aislamiento obligatorio que rige en todo el país desde hace más de un año. Muchos de ellos carecen de los recursos básicos, tales como agua potable, cloacas y cloacas. En municipios como La Matanza las ambulancias y los patrulleros no ingresan y el aumento de la inseguridad es moneda diaria.

Para muchos vecinos, cumplir la cuarentena significó medir el miedo con el hambre: “Muchos hablan de pobreza, pero tocan de oído porque no se meten en los barrios y no la ven de cerca. No creo en los políticos. Acá la gente necesita y tiene problemas graves”, asegura un voluntario que desde el 2000 trabaja vendiendo artículos de limpieza.

En varios comederos los voluntarios también se ocupan de repartir bolsones de comida a quienes pueden llegar una vez por semana como así también les dan clases de computación y clases particulares a los niños que no tienen acceso a las clases online.