*Por: Rogelio López Guillemain

“En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”

George Orwell

“Un poco de rebelión de vez en cuando es buena cosa”

Thomas Jefferson

Durante miles y miles de años, los grupos humanos fueron gobernados por un hombre o por un conjunto de hombres que imponían su voluntad sobre el resto, ejerciendo su poder físico, monetario, psicológico o el que fuese para decidir por ellos. En ese entonces, los derechos individuales a la libertad, a la vida y a la propiedad privada no existían (mejor dicho, no se reconocían), se vivía bajo el imperio de la ley del más fuerte, algo más cercano a lo animal que a lo humano.

Hace unos 4 siglos, durante la Escolástica Tardía, sus pensadores comenzaron a promover la idea de que todos los hombres eran iguales en naturaleza, por los que debían ser iguales ante la ley. De este modo, colocaban a la ley natural por sobre la ley escrita (derecho positivo).

Esto de la igualdad hoy suena muy lindo, pero hace 4 siglos era un claro ataque a los privilegios de quienes detentaban el poder (los reyes, los aristócratas y la iglesia). No resultó nada simple llevar a los hechos estas ideas, fueron necesarias varias revoluciones, entre ellas la inglesa, la norteamericana y la francesa.

El corolario del principio de igualdad de derecho, es que nadie puede mandar sobre otro sin su consentimiento (y hasta ahí nomás). Esto generó en las relaciones interpersonales un problema arbitral y logístico.

Fue necesario darle autoridad a algo que esté por sobre todos los hombres y arbitre sus disputas, ese algo fue la ley. Esta debía ser la misma para todos, además de justa e imparcial, algo muy difícil de lograr, más si recordamos de donde se venía (basta nombrar a Luis XVI).

Por otra parte, estaba el tema logístico de aplicación, era necesario evitar la acumulación de poder en pocas manos y para lograrlo se dividió este en tres: ejecutivo, legislativo y judicial.

Hasta acá todo parecía ir sobre ruedas. Sin dudas el sistema no era perfecto ni infalible, pero lo bueno que tenía es que su propia dinámica tendía a corregir las fallas.

El secreto del éxito de este andamiaje era simple: todo debía tender a la defensa de los derechos humanos (vida, libertad y propiedad), derechos que no implicaban por parte de un tercero otra acción más que su respeto, o sea la no interferencia (inacción). Es por eso que estos derechos son llamados “negativos”. Las normas que los contemplan deben ser “reactivas” y velar por su protección. La ley es la reina, el estado su soporte logístico y los gobernantes sus efectores materiales.

Pero aparecieron los ideólogos del socialismo y del constructivismo, pregonando su arrogante ingeniería social, creyéndose una suerte de Zeus contemporáneo. Para ellos la “actitud pasiva” del Leviatán era insuficiente, este debía convertirse en una suerte de “Olimpo” (papá estado), hogar de los dioses-gobernantes quienes desde allí arriba, debían regir el destino de los hombres, calmando sus necesidades insatisfechas, remediando las desigualdades de resultado (también llamadas de hecho) y por qué no castigando a quien los desafiara.

Las dádivas de estos dioses-gobernantes adquirieron un nuevo formato, más sutil y adictivo. Transformaron graciosamente las necesidades en derechos sociales (derechos truchos). Estos derechos de segunda, tercera y cuarta generación (también llamados derechos positivos), para ser satisfechos, precisan de la “intervención activa” del estado en la vida de las personas. Para esto, la ley ya no solo debe velar por el respeto de los derechos, ahora debe procurar cubrir estos otros nuevos.

El problema de querer que el estado sea una especie de Papá Noel, es que este no tiene duendes que fabriquen los regalos. Para satisfacer las necesidades transmutadas en “derechos truchos” es preciso contar con recursos materiales, pecuniarios y laborales; recursos que el Leviatán no genera. Por lo tanto, para poder “redistribuir” la riqueza, lo primero que el estado debe hacer, es “extirpársela” a los que la producen.

Acá aparece un nuevo problema. Para poder “sacarle” a unos para “dárselo” a otros (como decía Marx: “de cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad”) precisan redactar leyes que vayan en contra del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad (los únicos y verdaderos derechos humanos). O sea, los políticos populistas necesitan generar un poder similar al de los reyes absolutistas del medioevo, un poder que les de la “autoridad” necesaria para colocase por sobre los ciudadanos de a pie y poder jugar a los dioses, repartiendo lo ajeno como si fuese propio, lanzando migajas de miseria a quienes lloran pobreza.

Pero para que esto funcione sin que “los que ponen el esfuerzo y la tutuca” se enojen, para que los que producen no se resistan e incluso se dejen esquilmar en forma voluntaria, es preciso “convencer” a la población en general de que estos actos son justos. Por eso se machaca en las escuelas, las universidades y los medios sobre conceptos tales como justicia social, equidad, solidaridad y desigualdad; al tiempo que se generan y explotan los sentimientos de culpa y vergüenza entre quienes deben dejar de ser “tan egoístas”. Como decía Voltaire: “Es difícil liberar a los necios de las cadenas que veneran”.

Hemos vuelto al medioevo. Así como fue entonces hoy existe una “aristocracia” que disfruta de privilegios y que decide acerca de la vida sus súbditos. Hemos perdido el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, enredados en una retórica tramposa y letal.

Los actuales monarcas aprendieron la lección. A diferencia de aquellos nobles de hace 4 siglos, los actuales políticos-reyes no nos someten por la fuerza ni nos amenazan con ir al infierno. La estrategia que procuran aplicar es la de lavarnos la cabeza; quieren convencernos de que somos malvados, de que somos ineptos para vivir en armonía sin su tutela; quieren convencernos de que somos incapaces de alcanzar por nosotros mismos nuestra felicidad.

Pero no. Muchos de nosotros creemos en nuestras capacidades y valores, muchos de nosotros preferimos vivir “una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila”; muchos de nosotros decimos ¡basta! y declaramos aquí y ahora el inicio de La Rebelión de los Mansos.