*Por: Christian Sanz

A Alberto Fernández no le quedó otra. Debió volver a las restricciones duras. Sin mencionar jamás la palabra “Fase 1”. Porque sabe lo irritante que es para los ciudadanos argentos.

Prometiendo que serán solo unos pocos días. En la esperanza de que las medidas ayudarán a bajar la curva de contagios y muertos. Lo cual se sabrá recién dentro de dos semanas.

Son manotazos de ahogado. Medidas imprecisas y desesperadas. Ante una situación crítica. Que se podía haber evitado contando con la cantidad de vacunas que debían haberse gestionado oportunamente.

No haber dinamitado los puentes con Pfizer hubiera ayudado. Y mucho. Pero se privilegió a los amigos. Principalmente al narco Hugo Sigman. Eterno aportante de campaña. Ahora, a llorar al campito. “Agua y ajo”, como dicen. Aguantarse y joderse.

Pero los que aguantan no son los referentes de la política. Nunca lo hacen. Es la sociedad. Ellos jamás pierden privilegios. Ni resignan sus sueldos. Ni nada de nada.

Anoche mismo, luego de una larga sesión legislativa, Cristina Kirchner preguntó sotto voce a qué hora cerraba la heladería Rapanui. Tal su preocupación.

Entretanto, los países que hicieron bien los deberes van volviendo a la normalidad. Abandonando incluso el uso de tapaboca. Abriendo los comercios que acá se están cerrando ahora mismo.

Fueron previsores y responsables. Todo lo contrario a lo que suelen ser los gobernantes vernáculos.

Por eso, Argentina es Argentina. Y no es Finlandia, Suiza o Canadá.

Mejor dicho… si esto no ocurriera tal cual se ha planteado, si todo hubiera salido bien, Argentina no sería Argentina.

Todo este “chiste” de las vacunas es solo el reflejo del espejo que mejor nos describe. La postal de la decadencia permanente que nos envuelve.

Por eso, mientras Cristina toma su helado en Rapanui, todos los demás hemos sido bendecidos con un baldazo de agua fría por parte del presidente. Eso sí, nos juran que será solo por 9 días.

*Fuente: Periódico Tribuna de Periodistas